5. LAS MUJERES DE SARTRE: SIMONE DE BEAUVOIR Y OTRAS
Si al final de este periplo biográfico-filosófico nos preguntásemos quien fue verdadera y definitivamente el amor de Sartre, no cabe duda de la respuesta: Simone de Beauvoir, evidentemente. Desde que la conoció, en el período de su preparación de la Agrégation para profesor de Filosofía de Liceo cuando ella contaba con apenas 21 años, y lo había elegido a él. Pero si nos preguntásemos por “la clase de amor” que se profesaron no tendríamos un calificativo para definirlo, por sus peculiaridades inhabituales en una relación amorosa entendida como normal, dada su concepción del “amor” como cosificación del otro o como intento de arrebatarle su libertad. Junto a ella vivió toda su vida, pero no fue monógamo.
Es conocido el romance que Sartre mantuvo durante toda su vida con Simone de Beauvoir. Sobre esta relación es imprescindible el libro de Hazel Rowley, “Sartre y Beauvoir” (1). Cuando se conocieron en 1929, Simone tenía veintiún años y Jean-Paul veintitrés. Ese mismo día ella escribió en su diario: “Supe que ya nunca saldría de mi vida”. Convengamos que sus relaciones sentimentales duraron unos 51 años. Pero ¿Y su amor?… A los 24 años, una tarde de otoño de 1929, y ”cuando Sartre iba a abandonar París para cumplir su servicio militar, sentados en un banco a espaldas del Louvre, él le propone su famoso pacto” (2) por el que llegaron a un acuerdo para mantener una relación libre de compromisos y estabilizar su unión: la libertad para viajar, la poligamia (hoy diríamos el “poliamor”, que es lo mismo) y la transparencia y sinceridad en lo relativo a sus otras relaciones o escarceos sentimentales que pudieran tener con otras u otros (parejas coyunturales), que sistemática o habitualmente ambos transgredieron. Una relación, evidentemente, difícil de mantener pues trataba de conciliar lo irreconciliable para cualquier ser humano normal: la promiscuidad y la fidelidad, el amor y la pasión sexual, la verdad y la mentira.

Ella divulgará en numerosos escritos autobiográficos la intimidad de la pareja, sobre todo en La plenitud de la vida (La force de L’âge) (3). Es cierto que compartieron algunas amantes: eran intercambiables. Él fue más discreto en ese respecto. Curiosamente siempre se trataron de usted y ella se dirigía a su “amor” pronunciando su apellido “Sartre”. A lo largo de su vida, Sartre conocerá y tendrá relación con numerosos amores contingentes, como los denominaba (por ser S. de B. su amor necesario). Entre ellos hay que citar a Marie Ville, esposa de uno de sus compañeros. Las memorias de S. de Beauvoir nos hablan de la atracción y del intento de seducción frustrada de Sartre por Olga Kosakiewicz, de diecisiete años, exiliada rusa, alumna y amante de Simone en Ruan, que le cuidó durante su periodo de depresión y alucinación. Tuvo relación consentida con su hermana, Wanda Kosakiewitcz, actriz de teatro a la que mantuvo económicamente durante el resto de su vida, y para la que escribió seis obras de teatro. Más tarde, mantuvo amistad íntima con la alegre y “un poco misteriosa” Michelle Vian, esposa del músico y escritor Boris Vian. En la década de los cuarenta, tras la guerra, en un viaje a los Estados Unidos, se enamoró de Dolores Vannetti con la que mantuvo durante tres años una profunda relación.

Están constatadas sus relaciones posteriores más o menos intensas con Lousie, con Bianca y con tantas otras e incluso con Arlette Elkaim, a la que tratará de adoptar en 1965, siendo su heredera designada al final de la vida del filósofo. Una de las últimas, Evelyne Rey, activista política, rubia y refinada la que conoció en ese año y se suicidó al siguiente en 1966, con treinta y seis años. Dejó dos cartas de despedida, a su hermano y a Sartre con el fin de evitarles cualquier tipo de responsabilidad o remordimiento. El filósofo siempre atribuyó el luctuoso final de su amiga/amante a su común aventura clandestina y frustrada.
Era paternalista y machista con todas ellas e incluso su “poliamor” estaba — sin ningún escrúpulo — reglamentado semanalmente: “lunes y jueves con Arlette, martes y sábados con Beauvoir, miércoles con Michelle, viernes con Wanda. Lo mismo sucedía con los almuerzos o con las vacaciones”, nos informa aplicadamente Simone. Nunca quiso discípulo/as pues realmente, en su opinión, ni enriquecen ni desarrollan el pensamiento del maestro. Todas, sin excepción, fueron relaciones conflictivas. Para Sartre el amor es esencialmente conflictivo, y ello lo reflejará en sus obras de teatro, novelas, declaraciones, cartas y artículos. Y, también, en sus investigaciones teóricas o filosóficas, como hemos ido viendo a lo largo de esta aproximación a su vida y personalidad.

En el amor se suceden continuamente relaciones de dominación y disputas mutuas. Su biógrafo Ben Ami, considera que, de todas las mujeres, después de su madre, Simone de Beauvoir fue la más importante para él. Insiste en que ella le ha dado seguridad total como escritor. Aunque al principio se enfada con las críticas de ella, siempre o casi siempre, termina aceptándolas, “pues siempre las hace con el espíritu necesario, no desde fuera sino con el conocimiento absoluto de lo que quiero hacer, desde éste y al mismo tiempo en nombre de una objetividad a la que no soy capaz de llegar del todo”. El “imprimatur” de ella como él lo llama, le inmuniza contra las críticas hechas por otros. “En cierta medida”, confiesa, “puede decirse que creo para ella”. Por supuesto le encanta tener un crítico tan implacable y, sin embargo, tan cercano, cuyo papel en relación con sus obras semeja al desempeñado por su madre durante su infancia (4).
Sartre no tiene ningún interés particular en hablarnos de sus relaciones sexuales y eróticas, y mucho de su vida ha quedado, por tanto, sin revelar. Pero su conducta/comportamiento con sus novias, amigas o amantes — con su harén — dejaron mucho que desear en lo referente a su conceptualización de las mujeres ostensiblemente machista, y desconsiderada. En cierta ocasión su secretario, Jean Cau, testigo de la conducta de Sartre con las mujeres y con sus admiradoras, le preguntó cómo se las arreglaba para engañarlas frecuente y sistemáticamente a todas, a lo que el filósofo de “la elección moral”, de la necesidad “estar obligado a ser libres” y “auténticos”, sin asomo de culpa alguna contestó: “En algunos casos hay que recurrir a un código moral transitorio”. Y, en otra, según confesaba uno de sus biógrafos, al reprocharle su infidelidad y sus mentiras con sus relaciones femeninas, respondió: “Les miento. Es más fácil y más decente”. “¿A todas?” “A todas”. “Incluso al Castor”, “Sobre todo al Castor” (apodo, como sabemos de Simone) (5).

Se refleja así no sólo el talante moral personal del filósofo de la náusea, sino sobre todo su escaso aprecio por el valor de las mujeres, más cercanas al ser-en-sí (no consciente) que a un ser-para-sí consciente de su dignidad y libertad personales y también su concepción cosificadora, deletérea y conflictiva del sentimiento del amor. Utilizaba a las mujeres con una dosis de cinismo y de hipocresía, reveladoras de su “mala fe” (6). A los setenta años —se nos informa en una entrevista— ve retrospectivamente su vida como buena. Le ha dado lo que quería, aunque le ha enseñado que lo que quería no es de gran importancia. “Pero ¿qué le va uno a hacer?, pregunta, para luego, dándose importancia, romper con una carcajada para mostrar una actitud más distendida”.
Esta imagen de Sartre a esa edad ya provecta ha sido completada por un triste libro La ceremonia del adiós (7), en el que Simone de Beauvoir nos dará su particular versión de los últimos años de Jean-Paul Sartre, con no pocos reproches y resentimientos crueles. Arlette Elkaïm, por su parte, declararía, a propósito del “Castor”, que ella, al final de la vida del filósofo lo “traicionó”: “Yo hice lo posible por convertirme en sus ojos, mientras usted no hizo nada por sentarse a su lado” (8). Simone, en un tono a la vez preocupado y cínico, habla de su política maoísta y de sus intentos, pese a su cuasi-ceguera, de trabajar. Habla de la debilidad, tal como ella la ve, que le llevó a aceptar la posición de su secretario Benny Lévy (llamado Pierre Victor). También habla de los momentos de confusión mental de Sartre, de su pérdida de control físico y del placer que seguía encontrando en fumar y beber, ambas cosas prohibidas por los médicos”. Pese a los ataques de ansiedad y los frecuentes momentos de “vacío”, Sartre mantenía por lo general el buen humor y se negaba a ser una carga” (9).

En las entrevistas que acompañan la reseña biográfica de S. de Beauvoir, Sartre repasa su vida. Habla mucho de su afición a las mujeres. Dice haber sido relativamente indiferente al acto sexual como tal, estando más interesado por los abrazos y las caricias (10). Señala que, durante toda su vida, sus dos ideales básicos fueron la libertad y el socialismo. Sigue confiado en que vivirá más allá de la muerte de su cuerpo y de su consciencia: “Después de mi muerte, dice, sobreviviré en mis libros” (11). Recordemos para finalizar que aparte de su ceguera final – recordemos que de niño, Sartre había perdido casi la visión del ojo derecho— en los últimos años de su vida mermó severamente su salud. Se le diagnosticó trombosis de una vena temporal, que resultó preciso y fulminante. Excesos diversos, entre otros el alcohol, el tabaco (fue inseparable de su pipa) y las drogas (coridrina y mezcalina), tal vez lo encerraron en la oscuridad física que acabaría abatiendo su buen humor, y, a la postre, su vida. Murió el 13 de abril de 1980. Cinco días más tarde, se celebró una multitudinaria funeral. Miles de personas acompañaron al filósofo existencialista que se despedía de la existencia” (12).
BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS
1. Hazel Rowley, Sartre y Beauvoir, Lumen, Barcelona, 2006. En un principio Simone estaba enamorada de Maheu, pero era un hombre casado, como Nizan, y Sartre era irreductible al matrimonio: “Para mí la soltería era un precepto moral, una norma vital”, declaró. Ella estaba no obstante fascinada con Jean Paul, a pesar de su muy perceptible fealdad física. (“Ser consciente de mi fealdad fue para mi como el golpe de una piedra, confesaría en Les Mots) estaba fascinada por él. Sus palabras la seducían. Tal era la admiración que sentía por el joven filósofo, “la primera persona en su vida que le parecía superior a ella”.
2. José Antonio Marina, Palabras de amor, Temas de Hoy, Madrid, 2009, p. 378.
3. Simone de Beauvoir, La plenitud de la vida, Barcelona, Edhasa, 1982.
4. Ben-Ami Scharftein, Los filósofos y sus vidas. Para una historia psicológica de la filosofía, p. 362.
5. Manuel Cruz, Amo luego existo. Los filósofos y el amor, Espasa, Madrid, 2010, p. 141.

6. Su machismo y desconsideración de las mujeres se manifiesta explícitamente en la conceptualización que Sartre tiene de ellas y de todo lo relacionado con el intercambio o relación sexual. Sartre muestra a lo largo de toda su obra (y en sus vivencias habituales) “un asco hacia el sexo femenino, a los senos, a las actitudes llamadas femeninas”, y habla por eso con desprecio de “obscenidad orgánica”, “desvaginación”, “habitaciones impúdicas”, “sucias parejas que se atreven a compartir el lecho” etc. Ya vimos en el epígrafe anterior (el 4/5) cómo el filósofo francés exponía una serie de consideraciones algo extrañas, relacionando los agujeros y lo viscoso con lo femenino y “dulzón”. Incluso, las metáforas que abundan en los textos en los que Sartre se refiere a la sexualidad y el amor (?) son inquietantes cuando no repulsivas: la viscosidad es un hundimiento comparable al “reblandecimiento de los senos algo maduros de una mujer acostada de espaldas”; “lo viscoso –decía– me absorbe, me aspira (…)”. Es una actividad, blanda, babosa y femenina de aspiración (…). No soy capaz de detener el proceso de apropiación” que desarrolla frente a mí “(…), esa solapada “apropiación del poseedor por lo poseído”, de lo masculino por lo femenino. Toda esta fenomenología que Sartre describe en esas páginas funda una específica jerarquía ontológica, a partir de la cual podemos asimilar “la Mujer” al “En-sí” y “el Hombre” al “Para-sí”. Los papeles —masculino y femenino— deducidos de estas lucubraciones sartrianas ponen, pues, a la Mujer fuera del Sujeto (carente de “yo”). Revela así Sartre en esos fragmentos “un imaginario machista, en el que ciertos elementos estereotípicos cosifican a la mujer. Reconoce además que sus reflexiones se circunscriben a una “erótica masculina” que se enfrenta a la mujer (“cuerpo blanco, liso y fino de la mujer”) como frente una masa inerte y pasiva a la que el varón con sola su mirada puede convertirla en simple objeto (o más bien en “cosa”) y poseerla: “La vista es goce. Mirar es desflorar”. En su metáfora viril, es el varón (“todo hombre”) el único Sujeto que puede “apropiarse del cuerpo-objeto de la mujer”, de lo viscoso y de lo En-sí. Esa megalómana integración del “En-sí” en el “Para-sí” (un Ser ideal que es al mismo tiempo En-sí y Para-sí), solo puede desembocar en un imposible: un “Dios fallido”.
7. Simone de Beauvoir, La ceremonia del adiós, Barcelona, Edhasa, 1983.
8. Josep Muñoz Redón, Las razones del corazón. Los filósofos y el amor, Ariel, Barcelona, 2008, pp. 189-191.
9. Ben-Ami Scharftein, Los filósofos y sus vidas. Para una historia psicológica de la filosofía, p. 362.
10. ¿Presumible herencia, tal vez, de sus tendencias incestuosas platónicas, de la que hablaba en Les Mots, con respecto a su madre-hermana?
11. Ben-Ami Scharftein, Los filósofos y sus vidas. Para una historia psicológica de la filosofía, pp. 362-363.
12. Carlos Goñi, Las narices de los filósofos, op. cit. p. 270.
íNDICE DE ESTA SERIE:
2. SARTRE. LA FAMILIA. LA FORJA DE UN HOMBRE MISÁNTROPO Y MISÓGINO
3. EXCURSUS SOBRE EL AMOR Y LA SEXUALIDAD EN SARTRE
4. UTILIZACIÓN DE IMÁGENES ESTIGMATIZADORAS DE LA MUJER: ABERTURA Y VISCOSIDAD





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