Panorámica de Jorairátar

Rosario de relatos y poemas (2): Los veranos de mi juventud

Cuando llegaba el verano, terminaba el colegio y recuerdo como las plazas se llenaban de juegos y los campos de gente especialmente porque eran meses de mucho trabajo, pero también de alegría, de convivencia y de unión entre las familias.

En aquellos días comenzaban las grandes faenas del campo. Se segaba el trigo, la cebada y se recogían las verduras, las hortalizas y la almendra. Todo se hacía a mano, con mucho esfuerzo, porque entonces el campo todavía no estaba mecanizado.

Durante la recolección, mi padre con mis hermanos pasaba todo el día en el campo y muchas veces por tanto trabajo tenía que buscar a algunos jornaleros para que le ayudaran.

En la era de la Cruz se amontonaban los haces de trigo y cebada de todos los vecinos y comenzaba uno de los trabajos más importantes del verano, la trilla. Cada día les tocaba a unas familias hacer la parva. Las bestias tiraban de los trillos, unas tablas con unos rulos con dientes metálicos debajo que machacaban las espigas del trigo y la cebada. A continuación, lo trillado se amontonaba en el centro de la parva para después echarla en las máquinas de aventar, así se separaba el grano de la paja. El grano se guardaba en sacos y con las bestias se acarreaba a los atrojes de las casas y la paja se metía en herpiles y se guardaban en los pajares para echarle de comer a los mulos.

La almendra también ocupaba muchas horas de nuestro tiempo. Una vez traída del campo, por las tardes, cuando terminábamos las tareas de la casa, mi madre y yo nos sentábamos en la cuadra a pelarla. Casi siempre venía alguna vecina o algún familiar para echarnos una mano. Aquellas horas de trabajo se convertían también en momentos de compañía. Mientras nuestras manos no paraban, pelando almendra, hablábamos, contaban historias y chascarrillos las personas mayores y cantábamos alguna copla de aquella época. Sin darnos cuenta, el trabajo se hacía mucho más llevadero.

Otra de las labores, era la recogida de las verduras y hortalizas que se habían sembrado en primavera. Mi padre traía los serones y las espuertas llenas de tomates, pimientos, calabacinos, pepinos, berenjenas, habichuelas verdes, cebollas y ajos. Recuerdo como rajábamos los tomates por la mitad y los tendíamos en el terrao para secarlos al sol y los pimientos los poníamos en ristras para colgarlos también al sol. Después nos los comíamos en potajes y con las migas y estaban riquísimos. Además, con todas esas verduras se hacían buenas fritás y grandes ensaladas con pimientos asados que se comían en el campo y en las parvas.

Era de la Cruz (Jorairátar, Granada)

Guardo un recuerdo muy bonito de la era. Algunas veces llevaba agua fresca de la fuente a mi padre y a mis hermanos mientras trabajaban. Cuando terminaba, uno de mis hermanos me decía con una sonrisa:

— ¡Venga, niña, súbete!

Me subía sobre la tabla de trillar y daba vueltas y más vueltas hasta que me cansaba. Para mí aquello era una diversión que nunca he olvidado.

En aquellos años los pueblos estaban llenos de vida. Había muchos niños y muchos jóvenes. Siempre se escuchaban risas, conversaciones y canciones. Mientras se trabajaba en el campo se podía escuchar alguna copla que hacía más llevadera la jornada. Todavía recuerdo una que decía:

«Pajarillo que estás en el campo,
buscando el amor y la libertad,
recuérdale al hombre que quiero
que venga a la reja de madrugá.
Mi corazón se lo entrego al viento,
contando las penas que he pasado yo»
.

Hoy, cuando recuerdo aquellos veranos, no pienso solo en el trabajo, si no en la ilusión, la ayuda entre vecinos y el cariño con el que todos compartíamos lo poco que teníamos. Eran tiempos de esfuerzo, pero también de una gran humanidad.

EL CAMPESINO

Campesino que trabajas
cada día en la tierra,
muy temprano vas al campo
a comenzar tu faena.

Contemplas todo el encanto
que quiso hacer el Creador,
y tu espíritu se alegra
con esa gran ilusión.

Cuando el sol va amaneciendo,
renace en ti el amor.
Aunque tu trabajo es duro,
lo realizas con ilusión.

Los pájaros, en los árboles,
hacen trinos de alegría;
cantan al amanecer
cuando comienza el día.

Con sus dulces melodías
y fabricando sus nidos,
hacen que sea tu faena
más fecunda y más amena.

No te canses, campesino,
de tu trabajo realizar.
En el mundo tu destino
siempre admirable será.

Nunca terminará
la importante agricultura.
Siempre será reconocida,
porque es necesaria cada día.

Hay que trabajar
con constancia y con afán.
No te creas que no vales,
sino todo lo contrario.

Eres una persona especial,
tu trabajo es muy importante
y siempre reconocido será.

Del campo nos alimentamos todos,
gracias a él respiramos
y contemplamos la hermosura
que Dios nos quiso regalar.

Desde los primeros tiempos
así ha sido la vida,
y de igual forma seguirá
mientras exista la tierra
y Dios la quiera conservar.

Rosario Ruiz Martín,

abuela y madre de familia,

apasionada de la cultura y del saber

Redacción

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