Tiene esta hora una luz que parece provenir de un sol antiguo, de una época lejana de la historia, de una edad nuestra que se confunde con otras muy semejantes.
Es una luz dorada, de un amarillo cálido; es muy distinta a la del verano, recién concluido. Se diría que no tiene fuerza o que es más lenta en su descenso, más suave al posarse sobre las cosas. La vida se detiene, queda suspendida en un momento dulce, en una cadencia plácida. Se rememoran instantes del pasado, instantes que vuelven como si fueran de este tiempo, de este mediodía de septiembre en el que yo me hallo. Nada es distinto a como ha sido; este presente es igual que otros que se han ido sucediendo.
Me veo bajo esta misma luz hace años, en el mismo lugar en el que me encuentro, en un patio rodeado de voluptuosos jardines; al otro lado está el corral, cercado de tapias de barro y de toscos paredones de graneros y de pajares viejos; se divisan los tejados, parduscos, destartalados, semejantes a decrépitos caparazones de tortugas; tras ellos se alza la torre de la iglesia, señera, austera, recortada sobre la lámina azul del cielo. Se oyen ruidos en el corral. Un hombre desciende de un tractor; es mi padre, que regresa del campo, con la ropa sucia de polvo, con el sombrero de paja ladeado sobre la cabeza, manchado de sudor.
Me veo en el mismo lugar, sentado en una silla, leyendo un libro de poemas que me está encantando; he leído, durante el verano, mucha poesía y ahora ya no puedo pasar sin ella e incluso me atrevo a componer poemas, aunque son poemas a los que les falta todavía ritmo, ya que el ritmo es algo que se adquiere después de un ejercicio continuado. El tiempo ha pasado, pero las sensaciones son las mismas, idénticas a otras que he tenido gracias a esta luz rubia de septiembre. He cumplido años, he vivido en muchos sitios, obligado por la necesidad, por los avatares de un destino implacable, al que hay que someterse; pero he regresado al mismo lugar de entonces, de aquella edad remota en la que me he instalado de nuevo. El sol señorea un cielo espléndido que se parece también a muchos otros; es un mediodía claro en el que hace un calor moderado.
Me siento ungido por este sol tibio de septiembre, que es como una bendición, como el anuncio de una gloria próxima. Los recuerdos acuden a mi memoria; estaban ocultos en ella y de pronto han aparecido, uno tras otro, sin ningún orden. El lugar en el que estoy ya no es aquel patio rodeado de jardines, sino un corral vetusto en el que hay un pozo de brocal alto y una pila de piedra, cuya agua desemboca por un canalillo en un sumidero. En torno al corral hay cuadras oscuras y cámaras en las que se acumulan trastos antiguos, cubiertos de mugre. Yo no tengo más de tres años; me desplazo por el corral, cuyo suelo está empedrado, con pasos inseguros. Oigo un piar de pajarillos en las ramas de un laurel que asoma tras una tapia. En un segundo corral, de mayor extensión que el primero, alguien clava puntillas con un martillo en una superficie de madera en una especie de cobertizo que tiene el techo de uralita; es mi abuelo, que viene hacia mí con los brazos extendidos, dispuesto a subirme sobre sus hombros, como muchas veces ha hecho.
Hay aquí olores que me resultan ya familiares, procedentes de los tinados y de las hierbas que crecen entre las piedras. Surcan el cielo palomas que se trasladan de un tejado a otro; yo me quedo mirándolas por un momento, atraído por su vuelo, por el ruido seco que producen con el batido de sus alas. La vida se muestra en pequeños detalles, en instantes precisos que no pasan, sino que permanecen retenidos en la memoria. Es un mediodía ancho, de una luz secreta que lo baña todo. Miro, observo, escucho lo que a mis oídos llega, aspiro gratos aromas, palpo un suelo rugoso. Todo regresa a la mente, quizá porque no hay nada que se pierda. De pronto voy caminando por la acera de una calle muy larga, por cuya calzada circulan muchos vehículos, algunos de ellos tractores con arados que vuelven del campo; las casas son antiguas, de fachadas desiguales, con descarnaduras de enormes desconchones; tienen todas grandes ventanas y balcones de hierro forjado.
En la plaza de la Iglesia, que se halla a un lado de la calle, hay un enjambre de niños que juegan con una pelota. Es este un lugar de encuentro, un lugar que parece estar provisto de magia, de un atractivo especial para los niños que en él se reúnen con el fin de engolfarse en trepidantes juegos, como a mí me ha ocurrido no hace mucho tiempo. La iglesia es recia, con una torre esbelta que se eleva sobre el azul como una grácil palmera. Me encamino hacia mi casa sin ninguna prisa, con pasos mesurados. Seguramente leeré un rato cuando llegue; ya no escribo poemas como antes, pero sí he conservado el hábito de la lectura, al que no podré renunciar nunca. Leo ahora sobre todo relatos y novelas; dentro de unos días, comenzarán las clases en la Universidad, donde ya curso tercero de Filología.
Estoy contento; he elegido la carrera que más me gustaba, de acuerdo con las preferencias que ya tenía. Cada uno debe seguir los dictados del corazón, porque la cabeza a veces engaña. Yo no sé lo que me aguardará en el futuro, aunque es algo que no me preocupa, ya que lo importante es disfrutar de lo que la vida me ha concedido, de lo que me depara en este mismo momento. Es un mediodía plácido en el que no se echa en falta nada, en el que es reconfortante abandonarse a los recuerdos. Antes de llegar a la casa, me encuentro con un amigo y converso con él un rato sobre las cosas que más nos han unido en otra época; todo se renueva cuando se habla con un amigo con el que se han compartido muchas experiencias. Parece que no han pasado los años; somos otra vez niños que corremos por la plaza de la Iglesia o que subimos por unos riscos de la sierra.
Hay algo que permanece, aun cuando lo que nos rodea ya sea diferente. Varía la realidad, la forma en que se presenta; pero los sentimientos que se albergan son los mismos. La felicidad es una aspiración que todos tenemos; a veces la ciframos en el logro de unos objetivos o en la conquista de unos bienes materiales, sin comprender que esa felicidad que buscamos no es la auténtica, porque la auténtica, la que no perece, se encuentra dentro de nosotros mismos; late en nuestro interior, aunque no seamos en ocasiones conscientes de ello; es un latido, una sospecha acaso. Se la siente cuando el alma está desembarazada de afanes o de inquietudes mundanos, cuando es pura esencia.
En un mediodía de septiembre que parece que es el mismo siempre, se manifiesta a modo de gozo íntimo, en un patio cercado de jardines, en un corral decrépito, en una calle larga que animan las voces de unos niños, en lugares en los que se ha vivido o por los que se ha pasado alguna vez. Se diría que el tiempo está detenido en esta hora, que todo sucede en ella de la misma manera, mientras esta luz de un sol tibio desciende mansamente, como si proviniera del mismo cielo que se contemplara invariablemente a lo largo de los años. Es una luz tierna que llega y envuelve y despierta dulces recuerdos; es un don, muy parecido al amor que nos embarga.
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