VIII. MUJER-PRIVACIDAD Y HOMBRE-CIUDADANÍA
Carente de individualidad, de intimidad, la vida de la mujer discurre, pues, en el ámbito de la privacidad (que es donde la mujer provee al varón del “clima” cálido que le falta en el mundo del trabajo), la del hombre transita, por el contrario, la ciudadanía (que es, precisamente, donde la mujer no juega ningún papel). “Brilla con luz propia, nos recuerda Burón González, en la esfera de lo privado y la intimidad, entendámoslo bien: en el papel de esposa y madre abnegada dentro del recinto de la familia burguesa” (1). Esta afirmación es interesante, porque muestra hasta qué punto para Ortega una parte del orden social –la más doméstica y cotidiana- depende de la acción de la mujer:
“El hombre va a la mujer como a una fiesta y a un frenesí, como a un éxtasis que rompa la monotonía de la existencia, y encuentra casi siempre un ser que sólo es feliz ocupado en faenas cotidianas […]. Tanto es así, que con gran sorpresa por cierto, los etnógrafos nos muestran que el trabajo fue inventado por la mujer; el trabajo, es decir, la faena diaria y forzosa, frente a la empresa, el discontinuo esfuerzo deportivo y la aventura” (2).
Ortega afirma que en esto, como en todo, la psicología de la mujer difiere sustancialmente de la del varón, incluso podría decirse que es opuesta. Considera asimismo que el hombre vive para los demás, hacia fuera:
El alma masculina vive proyectada preferentemente hacia obras colectivas: ciencia, arte, política, negocio. Esto hace de nosotros naturalezas un poco teatrales: lo mejor, lo más propio e individual de nuestra persona, lo damos al público, a los seres innominados que leen nuestros escritos, aplauden nuestros versos, nos votan en las elecciones o compran nuestras mercancías (3).
La mujer, por el contrario, tiene una actitud más señorial ante la existencia. Puesto que no hace depender su felicidad de la benevolencia de un público, ni somete a su aceptación o su repulsa lo que es más importante de su vida:
Comparada con el hombre, toda mujer es un poco princesa: vive de sí misma, y por ello vive para sí misma. Al público presenta sólo una máscara convencional, impersonal, aunque variadamente modulada; sigue la moda en todo, y se complace en las frases hechas, en las opiniones recibidas (4).
Y por eso mismo, considera Ortega que es “vano oponerse a la ley esencial y no meramente histórica, transitoria y empírica, que hace del varón un ser sustancialmente público y de la mujer un temperamento privado” (5). Así, si bien de modo impreciso, Ortega llega a enmarcarla en una especie de aura indefinida que comporta una vez más la segregación de la mujer de la esfera de la práctica efectiva de la historia –lo que Ortega llamaría “hacer historia”- y que contribuye a recluirla intencionalmente en un tratamiento cercano a la consideración estética. Pero no como sujeto productivo, sino como mero objeto de contemplación. Las referencias estéticas con que Ortega alude a la mujer como princesse lontaine, como lugar de “encantamiento”, siempre son hechas desde el punto de vista del hombre y remiten sin duda a la homónima princesa de Kierkegaard y al pathos de la distancia nietzscheano:
“Eso que llamamos amor de un hombre a una mujer ha comenzado siempre, no, como pudiera creerse, por el entusiasmo hacia la mujer próxima de la misma tribu o clase social, sino, al revés, por imaginar la mujer distante en el espacio y en el rango. Una y otra vez la mujer ha inaugurado su carácter y condición de amada bajo el aspecto de princesse lontaine” (6).
Esa caracterización de la mujer como lointaine es, en su opinión, una de las “superioridades de la mujer sobre el hombre” y en realidad remite a la posesión de una vida propia, aparte o secreta de la mujer. “En ello consiste –afirma Ortega- la ‘distinción’ nativa de la mujer, ese tenue, místico resorte que pone una distancia entre ella y nosotros. Porque ‘distinción’, como vio muy bien Nietzsche, es ante todo un ‘pathos de la distancia’ entre individuo e individuo” (7).
Pero a pesar de todas esas retóricas alabanzas que Ortega dispensa a la mujer, su posición ante ella y ante lo femenino en general no deja de ser dura e injusta. En su crítica del libro El segundo sexo de Simone de Beauvoir, Ortega se explaya en sus consideraciones despreciativas de la mujer. Considera que a la escritora francesa le parece incompatible la libertad radical del ser humano con su dimensión relacional, con el existir en referencia a otro:
“A esta señora le parece intolerable que se considere a la mujer -y ella misma se considere- como constitutivamente referida al varón y, por tanto, no centrada en sí misma, según, por lo visto, le acontece al varón. La señora Beauvoir piensa que consistir en “referencia a otro” es incompatible con la idea de persona, la cual radica en la “libertad hacia sí mismo” (8).
Ortega responde a la escritora francesa que justamente un sexo existe con referencia a otro, y arguye que no se ve claro por qué ha de existir tal incompatibilidad entre ser libre y consistir en estar referido a otro ser humano. “Después de todo –concluye nuestro filósofo- no es floja la cantidad de referencia a la mujer que constituye el macho humano”. Considera, en consecuencia, que el mito de la igualdad ha acabado por ser un tirano en nuestra sociedad, y que ha llegado a influir también en los sexos. La manía igualitaria es responsable de que en los últimos tiempos se haya minimizado el hecho –fundamental en el destino humano- de la cualidad sexual. Esa manía ha hecho que se desdibuje una desigualdad que él cree real.
Por otra parte, y a diferencia de la mujer considera que “el varón consiste de modo eminente en referencia a su profesión”. La profesionalidad es quizá el rasgo más masculino de todos, por lo que no tener profesión, “no hacer nada”, es vivido por el varón como afeminamiento. En este texto fundamental, escrito en una etapa madura de su vida en la que su experiencia y su conocimiento de las mujeres ya está suficientemente asentada, Ortega va a retomar su conceptualización de la mujer y a recopilar -como en un apretado epítome- sus rasgos esenciales constitutivos, de los que ya hemos dado cuenta en epígrafes anteriores y que ahora simplemente resumimos. Tres son para Ortega los caracteres primarios que Ortega atribuye a la mujer, constitutivos de su feminidad elemental, que impregnan de feminidad su cuerpo.
El primero, es la confusión: su humanidad íntima se caracteriza por “ser esencialmente confusa”, en contraste con la varonil. La confusión no es, para Ortega, un defecto de la mujer, “como no lo es del hombre carecer de alas”. Lamentarse de ello “equivaldría a aniquilar la delicia que para el varón es la mujer gracias a su ser confuso”. “El varón, por el contrario, está hecho de claridades. Todo en él se da con claridad. Dentro de sí se ve claro subjetivamente” (9). Frente al varón, que es claro y sabe lo que quiere, la mujer vive en perpetuo crepúsculo y por ello es constitutivamente secreta. Es un secreto, sobre todo, para sí misma.
El segundo rasgo primario o característica,junto al carácter de confusión, con que la mujer nos aparece es el de la debilidad. La mujer es el ser débil, el sexo débil. Al ver una mujer lo que vemos consiste en debilidad. Es eso algo tan palmario que cuando Aristóteles decía que la mujer era un hombre enfermo, no es verosímil que se refiriera a sus periódicos padecimientos, “sino precisamente a ese carácter constitutivo de debilidad”. Esa debilidad que en el cuerpo femenino descubrimos y con la que identificamos al ser femenino, se nos presenta, según el filósofo, desde luego como una forma de humanidad inferior a la varonil:
“En este carácter patente de debilidad se funda su inferior rango vital. Pero, como no podía menos de ser, esta inferioridad es fuente y origen del valor peculiar que la mujer posee referida al hombre. Porque, gracias a ella, la mujer nos hace felices y es feliz ella misma; es feliz sintiéndose débil. En efecto, sólo un ser inferior al varón puede afirmar radicalmente el ser básico de éste, no sus talentos, ni sus triunfos, ni sus logros, sino la condición elemental de su persona” (10).
Ortega es consciente de que esta declaración irritará en el año en que la escribe, 1957 y para contrarrestar su efecto dice: “No existe ningún otro ser que posea esta doble condición: ser humano y serlo menos que el varón. En esta dualidad estriba la simpar delicia que es para el hombre la mujer” (11). Y la razón de ello es que “la mujer ofrece al hombre la mágica ocasión de tratar a otro ser sin razones, de influir en él, de dominarle, de entregarse a él, sin que ninguna razón intervenga” (12). Y tercero, el cuerpo femeninoestá dotado –según Ortega- de unasensibilidad interna más viva que la del hombre. En esto, Ortega ve “una de las raíces de donde emerge sugestivo, gentil, admirable, el espléndido espectáculo de la feminidad”. Y para terminar sus más que discutibles argumentos concluye Ortega que, tras leer “El segundo sexo”, nos quedamos con la impresión de que la autora confunde las cosas, exhibiendo así, casi sin querer, la autenticidad de su ser femenino (la confusión).
Pero además de esos tres caracteres primarios que Ortega nos descubre en este ensayo de madurez, y -dado que el filósofo nos confiesa que “aquí no hay espacio para describirlos todos”- podríamos añadir algunos más que atribuye como sustancial a la feminidad como es su abnegación, su capacidad de entrega. En efecto, en su artículo “Esquema de Salomé” afirma Ortega que “la esencia de la feminidad” se nos revela en el hecho de su entrega a la otra persona, al ser amado:
“Un ser sienta realizado plenamente su destino cuando entrega su persona a otra persona. Todo lo demás que la mujer hace o que es tiene un carácter adjetivo o derivado. Frente a ese maravilloso fenómeno la masculinidad opone su instinto radical que la impulsa a apoderarse de otra persona. Existe, pues, una armonía preestablecida entre hombre y mujer, para ésta vivir es entregarse; para aquel, vivir es apoderarse, y ambos sinos, precisamente por ser opuestos, viene a perfecto acomodo” (13).
Y en “Paisaje con una corza al fondo” sentencia que “el amor de una mujer, esa divina entrega de su persona ultraíntima que ejecuta la mujer apasionada, es tal vez la única cosa que no se logra por razones” (14). Nietzsche no habría dicho otra cosa. La vida de la mujer es abnegación, renuncia, entrega de todo su ser a la persona de quien está enamorada. La felicidad del hombre es yo quiero, la de la mujer: él quiere. Lo mismo sostenía Kierkegaard.
BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS
1. Manuel Burón González, La historia y la naturaleza. Ensayo sobre Ortega, op. cit., p. 237.
2. J. Ortega y Gasset, Estudios sobre el amor, en: OC V, pp. 519-520
3. J. Ortega y Gasset, “Divagación ante el retrato de la Marquesa de Santillana”, en OC II, pp. 777-778.
4. Ibid.
5. Idem
6. J. Ortega y Gasset, “Amor en Stendhal”,en Ensayos. sobre el amor, p. 56??Una interpretación de la historia universal, Alianza, ¿¿18 y ss.??
7. J. Ortega y Gasset, “Divagación ante el retrato de la Marquesa de Santillana”, en OC II, p. 779-780.
8. “Más sobre los otros y yo. Breve excursión hacia ella”, en El hombre y la gente, VI, en OC X, pp. 225-226.
9. Más sobre los otros y yo. Breve excursión hacia Ella”, en El hombre y la gente VI, en: OC X, p. 225.
10. Idem.
11. Idem.
12. “Paisaje con una corza al fondo”, en Teoría de Andalucía y otros ensayos, en OC VI, p.203 y ss.
13. J. Ortega y Gasset, “Esquema de Salomé” en OC II, p. 480.
14. J. Ortega y Gasset, “Paisaje con una corza al fondo”, en Teoría de Andalucía y otros ensayos, en OC VI, op. cit. p. 203.
ÍNDICE: ORTEGA Y GASSET, LA SEXUALIDAD, EL AMOR Y LAS MUJERES
I. INTRODUCCIÓN
II. LA DIFERENCIA BIOLÓGICO-SEXUAL
III. TIPOLOGIA DIFERENCIAL DE LOS SEXOS: ESPÍRITU VS ALMA
IV. CONFUSIÓN INTELECTUAL VS CLARIDAD CONCEPTUAL
V. MUJER-NATURALEZA Y HOMBRE-CIVILIZACIÓN
VI. HOMBRE-INDIVIDUO VS. MUJER-GÉNERO
VII. CONTRASTE ENTRE EL SER FEMENINO Y EL HACER MASCULINO
VIII. MUJER-PRIVACIDAD Y HOMBRE-CIUDADANÍA
IX. DE LA INFLUENCIA DE LA MUJER EN LA HISTORIA
X. MODO DE INFLUIR LA MUJER EN LA HISTORIA
XI. El CONTEXTO: LA MUJER EN LA ESPAÑA DE LA RESTAURACIÓN
XII. EL ROL DE LA MUJER EN LA SOCIEDAD CONTEMPORÁNEA





Deja una respuesta