Tras dejar atrás el pozo del convertidor al cristianismo partimos hacia Garni, primero la inmensa llanura y poco a poco, a medida que íbamos ascendiendo, las montañas y unas carreteras nada fáciles, en algunos casos dudo que los pasos estén abiertos cuando llega el crudo invierno. Poco a poco van desapareciendo los cultivos, luego no habrá vegetación y, en un momento de meseta plana; ¡Qué ilusión!, la sensación de estar en un páramo inabarcable o en la puna andina por la soledad del entorno, en todo el viaje apenas encontramos vehículos circulando en sentido contrario hasta llegar a la montañosa a Garni, la quietud del lugar te invitaba a la más auténtica introspección.
De vez en cuando pequeños trozos roturados y un nuevo cultivo propiciado por los españoles: los almendricos que parece se han adaptado bien al territorio y tienen una espléndida cosecha pues los doblaba hacia el suelo con su preciado fruto. En cierto sentido me hacían pensar en los que hay al lado de la Autovía a Granada en la comarca limítrofe de Los Vélez; es posible que esas montañas semidesérticas, pero sumamente fértiles por su origen volcánico, sean transformadas, una vez más, por el hombre; antaño fueron frondosas zonas boscosas.

Poco a poco nos ponemos a elucubrar en el destino de ese producto mediterráneo y podríamos pensar que pronto aparecerán en el mercado español de la mano de esa gran empresa de productos secos cercana a mi residencia habitual y que, con la almendra, está sembrando de verde grandes zonas del país que antes estaban yermas.
Algunos tramos de inclinadas pendientes no dejaban de provocar una extraña sensación en nuestro aparato digestivo, sobre todo cuando te tocaba estar en el lado sin pretil y veías a centenares de metros el curso del río y los restos de algún que otro vehículo desvencijado después de su último viaje. Personalmente me devolvía la imagen a una senda extraordinaria entre Alhama y Almuñecar que, tras dejar atrás Jayena y los Llanos de Lopera, te abocaba a una ruta donde parece que no se acabarán las curvas, aunque suavizadas las pendientes con ese fruto que tan ricamente se ha adaptado a esta zona de la provincia: el aguacate o los mangos.

La ruta se suaviza y llegamos a Garni donde nos esperaba un templo de estilo jónico -el único existente en lo que fue territorio soviético- por lo tanto precristiano que, según dicen, fue levantado por el soberano Tiridates I que se lo dedicó al dios del sol Mitra y, hasta 1679, se conservó en este privilegiado lugar mirando al inmenso desfiladero hollado por el río que discurre a sus pies. Fue en el período comunista cuando, extrañamente, se reconstruyó y quedó como hoy se lo encuentra el viajero. A su alrededor siguen habiendo ruinas de varias otras edificaciones milenarias.
Esa reconstrucción es fácil de observar porque cantidad de piezas son nuevas en aquel puzzle en que quedó el Templo. Basta subir los escalones y acceder a la pequeña sala donde nos habían preparado un concierto, intenso, de duduk [flauta tradicional hecha de madera de albaricoque] que, en determinados momentos, me llevaron a la banda sonora de El paciente inglés. Sinceramente, una experiencia musical en un lugar privilegiado que llega al alma y con un instrumento realmente encantador y que, por otros pagos, lo denominan pastoril, quizá porque fueron los pastores los que lo usaron como forma de matar el tiempo en sus largas jornadas de soledad y alimentándose del pan lavash y un queso a migas combinado con ciertas hierbas que encontraban en la naturaleza, muchas de esas verduras las las hemos ido incorporando a nuestras tradicionales ensaladas.

El templo se levantó para conmemorar la incorporación de Armenia al imperio romano que entonces regía el mítico Nerón. Sus 24 columnas y el estilo jónico lo hacían único por estas latitudes que ya estaban habitadas 3.000 años antes de Cristo. En la misma zona se pueden distinguir todavía restos de la Iglesia de Sión.
Tras la visita-concierto de flauta teníamos tiempo libre para deambular por el lugar y sus tajos hasta que llegara la hora de acudir al punto de encuentro en busca del restaurante local que nos esperaba para la elaboración del pan ácimo y, los voluntarios, invitados a prepararse el «bocadillo», cual pastor, de tiempos pasados. Fue una simpática experiencia y realmente enriquecedora pues no todos los días comes tan natural y sin aditivos: una decena de montoncillos de hierbas -sólo identifiqué el cebollino y el hinojo- que, con el queso a migas y salado, lo metías, enrollabas como si fuera una empanadilla y hala. ¡Para el buche!

La combinación resultaba agradable al paladar y hasta se repitió: menos mal que fue antes de comer. El lavash fue incluido en 2014 en el listado de la UNESCO. Suele durar más o menos medio año tras la cocción, sólo tienes que añadirle unas gotas de agua para ablandarlo y eliminar la rigidez: ya lo tienes otra vez suave y moldeable para montarte el desayuno. Nosotros teníamos una especie de saquitos con varias piezas del que allí preparaban -más o menos medio metro de largo por un cuarto de ancho- para nuestra comida donde coincidimos con otros dos grupos de asiático: coreanos y japoneses que alucinaban con la experiencia gastronómica. El día no había finalizado y nos esperaba un extra, aunque la fuerte lluvia caída cuando estábamos en el monasterio, desmontó el camino que destrozaron los torrenciales barrancos y los vehículos de doble tracción no se vieron con posibilidad de bajarnos al profundo desfiladero a contemplar las hexagonales columnas basálticas.
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