Rainier María Rilke, en sus «Cartas a un joven» poeta, decía que una obra literaria es verdaderamente buena cuando nace de una necesidad íntima y vital del autor; Franz Kafka entendía que «un libro debe ser el hacha para el mar helado que llevamos dentro». Pues bien, precisamente estos dos conceptos de interpretar el hecho literario o la experiencia poética, me parece a mí, que son el revulsivo que sacuden y conmueven a Fernando de Villena para la creación de su último poemario, publicado en Entorno Gráfico Ediciones (2026), bajo el título de Eternidad azul, estructurado en dos partes: la primera la conforman 37 poemas y lleva por título «In Morte» y la segunda está compuesta por 21, a la que denomina «Eternidad azul».
He de decir que cuando Fernando me entregó la anterior propuesta poética, La vida más allá del crepúsculo, Ediciones Carena (2024), lo hizo junto a un poema que venía escrito en dos folios bajo el título «In Morte», encabezado por una nota que decía así: A finales de agosto de este amargo 2024, cuando ya estaba en imprenta «la vida más allá del crepúsculo», escribí este poema «In morte» que debió poner fin a sus páginas y que espero incluir, si alguna vez la obra se reedita. La citada composición era una inmensa elegía de una maestría técnica y plástica irreprochables.
Sin embargo, al no reeditarse el primer libro, nuestro poeta, sumido en el dolor, ha publicado otro poemario bajo el título de Eternidad azul, que lo abre justamente con el reseñado e inmensurable poema elegíaco (In Morte), en el que, desde el propio título, podemos observar cómo Fernando está negando gramaticalmente la muerte y nos sugiere que la misma no tiene la última palabra, pues el prefijo latino «in» tiene el significado, en este caso, de negación. Nuestro poeta afronta el dolor como una prueba de amor y un testimonio de resistencia moral. De sus entrañas nacen, por tanto, estos versos conmovedores, profundos y de una delicadeza grandiosa ante tan tremenda herida: la muerte de su hija Teresa, con tan solo treinta años:«Te has ido para siempre / y uno mide el rigor de esa palabra / y se niega a aceptarla». Antes bien, a pesar de sus primeras emociones, jamás – a lo largo de todo este proceso creativo – caerá en el nihilismo, sino que en su ética del dolor existe un marco estoico subyacente: «No quisiera quejarme / porque tú casi nunca te quejabas / a pesar del dolor y su cortejo (…) ni perderé la fe, pues tú la conservaste, valerosa, / hasta el último instante de tus días.
Hay en esta impresionante elegía una generosidad y una ternura infinitas en la forma en que el padre honra la memoria de la hija y es francamente asombroso cómo en el texto se entrelazan la belleza de los recuerdos: – tus besos como oreo / de rosas y celindas / en las noches del sur –con el descalabro final para que, en última instancia, el autor y los suyos, encuentren el consuelo en la certeza cristiana y neoplatónica de La Eternidad azul
Y es que en la poética de Fernando de Villena, a pesar de su carácter marcadamente intimista, su yo lírico nunca es excluyente, sino que mientras nos transmite su vacío interior, su dolor y su nostalgia, nos va haciendo partícipes e introduciéndonos sin apenas percibirlo y a lo largo de todo el poemario – a los suyos, que están inmersos en la fatalidad en que se ve sumida la casa: «nuestras vidas ya no nos pertenecen / y sólo nos conforta / tu sonrisa final y la esperanza».
A partir de aquí, la totalidad del libro se articula como un itinerario poético y espiritual que va desde el dolor punzante y la desolación que le provoca el fallecimiento su hija, Teresa, hasta la búsqueda de paz, consuelo y trascendencia en la contemplación de la naturaleza y lo imperecedero con su Eternidad azul. Dicho de otro modo: el poemario traza la metamorfosis de un sufrimiento devastador, (In morte) hacia una luz cósmica e inmortal (Eternidad azul). Es, por consiguiente, el testimonio de un poeta que, arruinado por el dolor, convierte a su hija extinta, Teresa, en un astro eterno, Terestella, dotándola de la inmortalidad cristiana -como veremos más adelante- que el mundo físico le negó.
Ante la angustiosa pérdida el poeta se siente desorientado, buscando por la inmensidad del cosmos ( en un «sin fin de estrellas») a su hija, y es la propia hija la que responde a través del «bondadoso sueño», sanador, que actúa como sujeto y mensajero catártico: y así dirá: «que me trajo tus palabras y tu imagen» (el sueño); es decir, además de la voz, le llega la figura de su hija. Por tanto, si en el primer poema aparecía el llanto ante la injusticia del orden natural, Teresa ya no va a ser solo silencio y pérdida, sino una presencia constante que acude a socorrer al padre: «Aquí puedes hallarme /cuando sientas los filos de la vida». Por cierto maravillosa metáfora «los filos de la vida». La vida no es solo difícil o triste para el poeta; la vida hiere y la vida representa aquellos acontecimientos que rasgan, hieren, y laceran las emociones o los sentimientos.
La máxima desnudez sintética y existencial la vamos a encontrar en el tercer poema que lleva por título «Ilusiones», en el que nos dirá; «Nunca supe lo frágil que es el hombre; / la pérdida descubre sus flaquezas; / humo es tan solo si le falta el ancla / que dan las ilusiones».

Como podemos observar, Fernando de Villena es un profundo conocedor de la lírica clásica con toda su carga simbólica y retórica; circunstancia que le permite a través de esta concepción estética-tradicional , con toda naturalidad, mostrarnos su propio estado de fragilidad tras la tragedia, hasta llegar a descubrirnos su propia vulnerabilidad por medio de símbolos e imágenes acertadísimas y nítidas . El humo simboliza lo que se disipa sin dejar rastro y se lo lleva el viento; o lo que es lo mismo; el estado en que queda el poeta tras la desgracia. Por el contrario, el ancla representa las ilusiones que mantenían al padre (al propio poeta) sujeto a la vida con raíces firmes y robustas. Para terminar, a nuestro autor la única salida posible que le queda ante la amargura de la ausencia y la falta de soluciones, cuando ve «el rodar veloz de la existencia», es el asidero de la trascendencia: (…) «a la antorcha de la fe me aferro, / pues las noches se vuelven infinitas».
Es tal la «Confusión» -título de un poema- en la que se encuentra inmerso de Villena que siente su existencia gobernada por fuerzas cósmicas o estrellas lejanas, ajenas a su propia voluntad; de ahí, que confiese al principio de esta estrofa: – «ya no entiendo mi vida; / el escorpión la rige desde el cielo»… El escorpión es una referencia al signo zodiacal de escorpio
En el poema Nocturno hay varios aspectos significativos que lo hacen especial: el más llamativo sea, quizá, el juego con el nombre Terestella; esto es, la parte terrenal que dejó en este mundo Teresa y la estrella que ahora lo guía e ilumina desde el firmamento. La inmortalidad de su hija está presente en la indestructibilidad del amor: veo estrellas fugaces, / pero tú permaneces / y las constelaciones / me evocan tu sonrisa. La memoria y la presencia de su hijason eternas e inamovibles para él.
Significativo es, igualmente, en Fernando de Villena también, sin lugar a dudas, su fe o su convicción trascendente, así como su manera de aceptar e interpretar lo que se escapa a la razón: «no es tangible ese mundo todavía» -nos dirá. A partir de aquí y a lo largo de todo este libro de elegías continuas serenas y bellas vamos a ver aparecer el nombre de la hija como Terestella, excepto en dos poemas «Afinidades» y «Ruego».
En Afinidades el poeta siente con muchísima fuerza el vacío que le ha dejado la ausencia de la hija: conversaciones compartidas, libros, cine antiguo, pintura, noches consteladas. Conversar ya no puedo con cualquiera / de todo cuánto amamos al unísono. Fernando se encuentra solo y aislado al desconectar con el mundo recordándonos con gran fuerza a A. Machado: «converso con el hombre que siempre va conmigo» o, quizá, cuando el poeta tras la muerte de Leonor escribe: «Señor ya me arrancaste lo que yo más quería» o, tal vez, cuando nos cuenta melancólicamente: «Por estos campos de la tierra mía voy caminando solo triste, cansado, pensativo y viejo»
Fernando de Villena refleja su duelo de muy distinta forma al autor de «los mundos sutiles», pero al final, siempre habrá un naufragio ininterrumpido del poeta a lo largo de esta primera parte, ahondando tristemente – en más de una ocasión – en su estado anímico: «me siento vacío e invisible / en un mundo que apenas si comprendo». Para quien ha perdido esa afinidad con la persona amada todo pierde su sentido. Estos últimos versos conectan también muy directamente con la noción del absurdo de Albert Camus, dado que para el poeta estar o vivir fuera del ámbito de su «flor humilde» del «gozo de su camino» o de su «viva fuente»; es decir, del mundo sin ese tú (su pequeña terestella), el yo pierde su anclaje y lo introduce en el sinsentido de lo absurda que es la existencia.
Si en Afinidades la pérdida se manifestaba en la nostalgia de las lecturas y el cine compartido, en «Ruego» el poeta nos dirá: «me aturde ya el sonido de los días; /apenas los comprendo. / Siento que estoy de más / en el veloz rodar de la existencia». Este es precisamente el concepto sartreano de la contingencia: el ruido de los días produce en Villena ese vértigo existencial, donde la rutina carece de propósito; pero, naturalmente, el sentido nihilista de Sartre como estamos viendo son en de Villena chispazos de angustia existencial en momentos de duelo. Antes bien, en la segunda parte de este libro aparecerá un poema bajo el título de Vértigo: «¡Vértigo de la vida!» /gira y gira la vida donde habito, de clarísima influencia sartreana
No obstante la ausencia alcanza su punto límite, cuando nuestro autor expresa su deseo de no querer existir, pues al no haber puente alguno con quien se ha ido, todo se desmorona. Aquí el dolor ya nos se limita a la añoranza de lo que fue, sino que se transforma en una invocación desolada, una especie de oración laica hacia la figura de Teresa: «Dame alguna señal, Teresa mía; / hoy también me resulta necesaria»; el poeta mediante invocaciones directas (apóstrofes) expresa en modo imperativo – dame, salúdame o visítame – una necesidad imperiosa o súplica vital para seguir viviendo y que tome otro rumbo su existencia sin perder su fundamento.

A lo largo de la poética de esta primera parte Fernando de Villena crea una filosofía que conforma una línea sin quiebre y que abarca desde la naturaleza contemplativa: («Cónclave») «Tantísimas gaviotas a la orilla / del poderoso mar / como un tropel de monjas / al solemne oficio de tinieblas», pasando por la conciencia moral(«Vidas»): «Observo con nostalgia / otras vidas felices en mi entorno, / y el recuerdo de cuanto fue la nuestra / antes de tu dolor y de tu muerte», hasta, finalmente, adentrarse en la melancolía del tiempo y, de esta manera, en el poema «Hoy» nos dirá: «Hoy se cubren de lluvia los cristales del alma. / A pesar del verano, para mí ya es invierno», aquí el tiempo cronológico exterior (el verano real) queda anulado por el tiempo interior; en el alma del poeta que se ha instalado un invierno eterno, muy machadiano y, a su vez, como podemos observar influenciado por el concepto del tiempo bergsoniano; Sin embargo, al igual que aconteció a Machado, el tiempo dicta sentencia y culmina desgarradoramente clamando contra el destino («El eclipse»): «Pese a ver tu dolor con impotencia / día tras día, tantos años, ¡tantos! /hasta el fin no creí que te nos ibas, / que te ibas para siempre».
En resumen, creemos que en esta primera parte de este trágico poemario late un pensamiento común. la belleza compartida como contrapeso al absurdo de la existencia. Fernando de Villena utiliza una creación rigurosa y profundamente culta con versos endecasílabos y heptasílabos; aunque a veces se inclina por el verso Alejandrino como en la elegía a la que hacíamos referencia antes («Hoy»). una elegía articulada con la pericia clásica del cuarteto; no obstante, a lo largo del poemario encontraremos distintos tipos de estrofas: sonetos («Ausencia», «Una trenza de luz entre la bruma», «Desengaño», «Luz»), prevalencia de silvas e incluso versos libres. De todas maneras, lo que verdaderamente queda evidenciado es que Fernando es un maestro absoluto en el arte del ritmo y hace que la arquitectura estrófica clásica de sus poemas respiren con una naturalidad desgarradora. La simbología es de clara influencia romántica y modernista; y la precisión con las que maneja las imágenes, llegan a iluminar de golpe cualquier rincón oscuro del alma; imágenes que, por otra parte, actúan con un control emocional marcadamente estoicas, pues su sólido vocabulario le permite sostener la intensidad de la tragedia sin caer en un sentimentalismo fácil, tal y cómo podemos comprobar en los últimos versos de la primera parte de este libro en el poema «Quejas y consuelo»: «Tú fuiste la más dulce de las olas / y nosotros vendremos en seguida / palpitantes de espuma tras tu espuma, / pues al fin, todos mar, seremos uno, / eternidad azul.»
La segunda parte, «Eternidad azul»,El poeta comienza con una mirada retrospectiva de su propia vida para entender cómo la soledad y la finitud se instalaron en él antes de su tragedia actual, pues frente a la hostilidad del presente en «la mili» aprendió el lenguaje de la soledad «(…) fue entonces / cuando empecé a entender / el difícil lenguaje / que habla la soledad». Nuestro poeta regresa a la infancia donde «el mundo parecía estar bien ordenado» ( la infancia en elAlbayzin, las vacaciones en Almuñécar, el cine Apolo, las viejas películas de santos y romanoso, igualmente,cuando su padre regresaba con una enorme caja de diferentes dulces de alegres envoltorios de uno de sus viajes previos a la Navidad, «en el que «el mundo parecía / bien ordenado y bueno / y eternas nuestras vidas terrenales». ¡Qué maravilla en el recuerdo de la infancia -eterna – aquellos dulces de alegres envoltorios! Pocas veces se ha dado una concordancia tan bella y exacta con Marcel Proust.

Como quiera que el poeta no puede retener ese pasado, que ahora ve desde la vejez el cansancio y el desengaño, Fernando de Villena se ve naufragando en el presente y se observa como espectador de tres generaciones que acabaron en ceniza y, consecuentemente,con la caída de todas las ilusiones tal y como podemos observar en el magnífico soneto «Desengaño»: «Ya mi ciclo vital está cerrado /; cuanto tuve que hacer ya se halla hecho; / mis juegos juveniles vieron techo /o más bien se estrellaron en picado».
A pesar de todo, Fernando jamás claudica y en el soneto «Luz», en el segundo terceto, es cuando el propio dolor lleva a nuestro poeta a la elevación mística: «la eternidad azul es cuanto quiero / a vuestro lado con el alma llena / de esa luz que da a todo sentido». Aquí la afinidad de experiencia espiritual con San Juan de la Cruz es impecable, donde la noche oscura del alma se transfigura en contemplación y la luz divina otorga sentido definitivo a la existencia.
En «El almendro, el alma resiste como la flor en pleno frío de enero, porque conoce la importancia del fruto final: «Y es que el almendro sabe / la importancia del fruto / y sabe que al final / tras las tribulaciones,llega siempre la eternidad azul».
En el poema «Turquesas nuestro poeta busca la recuperación de un paraíso de niños a través del recuerdo que estalla de forma repentina ante estímulos del presente de clara influencia nuevamente proustiana (MarceL Proust) y, al final, justamente en esta misma composición encontrará el consuelo del reencuentro con su hija Teresa: «Pero sé que está cerca ya el momento / de encontrar todo aquello nuevamente / donde tú nos aguardas: la eternidad azul».
En el poema «Palomas», en los versos finales, Fernando de Villena nos hace una revelación descriptiva del origen y del destino del alma: El azul nos fue concedido al nacer y la muerte es el retorno hacia esa fuente azul, que es para el poeta el absoluto y la belleza, un concepto neoplatónico que lo expresa en estos versos: «La eternidad azul siempre regresa; /concedida nos fue cuando nacimos / y vendrá con nosotros tras la muerte».
En «Nocturno»la noche ya no es un abismo aterrador, sino que se viste del color de la trascendencia: Azul: «Azul también la noche / para quien aquí queda /pidiendo eternidades» la noche por tanto deja de ser amenaza como en la primera parte para convertirse en serenidad y consuelo para quien en la tierra está esperando el reencuentro.
Y en el último poema que lleva por título «Final» significa un descanso absoluto y catártico para nuestro poeta, que después de haber soportado la tormenta y el vacío de la ausencia con un vértigo existencial dolorosísimo, se reafirma con un broche pleno de paz y proclamando la victoria paulatina de La Luz sobre La Sombra: «Pero el cielo sereno de esta tarde / alto muy por encima de los sueños / sonríe y nos promete/ / eternidad azul».
Podemos concluir diciendo que el libro de Fernando de Villena se despliega como una elegía ininterrumpida; una larga travesía donde el llanto no busca la desesperación, sino un viaje del alma que comienza naufragando en las sombras del duelo para terminar ascendiendo a lo absoluto. El dolor terrenal no se borra, sino que se transfigura hasta encontrar en «La eternidad azul», la promesa serena de la permanencia.
Eternidad azul es, pues, una de las obras más bellas, profundas y luminosas de toda nuestra historia literaria. Frente a la gran tradición elegíaca española -Jorge Manrique, Quevedo, Miguel Hernández , Lorca o Cernuda – que suele terminar en la ceniza, el mar, la ruina barroca o el desgarro trágico, Fernando de Villena sostiene el pulso en todo el poemario sin caer en la desesperación, transfigurando el llanto en Luz sostenida.






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