La vida de antes era muy diferente a la de ahora. El ocio, tal como lo entendemos hoy, no se conocía. Ahora vamos de viaje, salimos a comer fuera, vamos al cine, damos un paseo y hacemos muchas otras cosas. En los años de mi niñez y juventud, se pensaba más en el descanso. Todos los días se trabajaba, salvo cuando amanecía lloviendo o había que resolver algún asunto importante.
Las tardes eran el tiempo de descanso por excelencia, sobre todo en verano. Cuando terminábamos las tareas del día, todos los vecinos, niñas, niños y mayores, salíamos a las puertas de nuestras casas.
Después de lavarnos un poco y refrescarnos, porque habíamos estado todo el día en el campo, haciendo las labores del hogar o ayudando a nuestras madres y padres, abríamos las puertas, sacábamos las sillas y el pueblo entero parecía estar en la calle.

Aprovechando las tardes largas del verano, hasta que oscurecía y más, cada uno hacía sus tareas mientras conversábamos. Las mujeres cosían, zurcían y hacían punto con dos agujas para preparar los jerséis del invierno. También hacían ganchillo y las jóvenes bordaban su ajuar: sábanas, mantelerías, toallas y otras prendas que entonces se elaboraban a mano.
Los hombres también aprovechaban aquellas tardes. Hacían pleita, unas tiras anchas de esparto que se utilizaban para fabricar espuertas, albardas y aguaderas para transportar los higos y otros frutos. También servían para llevar el agua de la fuente en los cántaros. Arreglaban los aperos del campo, hacían ramales de esparto para atar el trigo o la cebada y arreglaban las albardas de los burros y de los mulos.
Los niños y las niñas dedicábamos ese tiempo a jugar. Las niñas hacíamos ruedas, jugábamos a la comba y al tejo. Los niños jugaban a la pelota, al boly, a las cartas y a otros juegos que inventaban entre ellos. No necesitábamos juguetes para divertirnos, bastaba con estar juntos y tener imaginación.
Las tardes de verano eran lo mejor del día. Aunque no se dejaba de hacer cosas, se trabajaba de otra manera, con más tranquilidad. Se charlaba y se comentaba cómo había transcurrido el día. Se contaban las preocupaciones, las alegrías y las cosas que iban pasando en el pueblo.
Las calles estaban llenas de bullicio, risas y cantos de niñas. Había alegría, pero también mucho sosiego. Era un momento de relajación y de conversación tranquila entre vecinos y familiares. En muchos casos, los hijos que ya se habían casado vivían cerca de sus padres, por lo que las familias estaban muy unidas y era fácil encontrarse y compartir aquellos momentos.
No había televisión, teléfonos móviles ni tantas formas de entretenimiento como tenemos ahora, pero teníamos algo que hoy echamos mucho de menos: tiempo para hablar, para escuchar y para estar juntos.
Cuando echo la vista atrás, pienso en aquellas tardes sencillas y me parecen un verdadero tesoro. Quizás no teníamos muchas cosas, pero teníamos la compañía de los vecinos, el cariño de la familia, la tranquilidad de las tardes de verano y la alegría de compartir la vida.
¡Qué bonito era todo aquello!

LA VIDA ES BELLA
La vida es bella
cuando sabemos vivirla,
cuando sabemos valorarla
y disfrutarla con ilusión.
Pongamos en ella
nuestra ciencia y esperanza,
nuestra fuerza y nuestra ilusión,
para caminar con sentido
y vivir con el corazón.
La Tierra está llena de vida,
de hermosura y de grandeza.
Si la miramos con atención
y la contemplamos con amor,
aprenderemos a convivir
y a disfrutar mucho mejor.
Vivamos la vida con dignidad,
conociendo nuestros sentimientos,
aprendiendo de cada experiencia
que nos va dando el caminar.
Esta vida es una oportunidad
para hacer todo el bien que podamos,
para vivir con alegría
y mejorar la convivencia cada día.
El deseo de prosperar,
el buen trato y el conocimiento
nos ayudan a crecer
y a ser mejores por dentro.
La Tierra es más bella
cuando la llenamos de amor,
de virtudes y de valores,
dando ejemplo a los demás
sin necesidad de hablar.
La grandeza del ser humano
está en querer aprender,
en mejorar cada día
con humildad y personalidad.
Los mayores tesoros de la vida
no son las riquezas materiales,
sino los que llevamos dentro:
los valores, la conciencia
y la madurez para tratar
a los demás con respeto.
Si caminamos con ilusión y firmeza,
sin hacer sufrir a nadie,
reflexionando en silencio
sobre lo que está bien y lo que está mal,
encontraremos el respeto
para poder vivir en paz.
Así podremos vivir
con emoción y esperanza,
con ilusión y plenitud,
aprovechando cada día
hasta el final de nuestros días.
Porque la vida es bella
cuando sabemos vivirla,
cuando sabemos compartirla
y damos a los demás
un poco de nuestro amor

Rosario Ruiz Martín,
abuela y madre de familia,
apasionada de la cultura y del saber






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