Dicen que el año empieza el 1 de enero. Eso será para el resto del mundo. Para un docente, el año empieza en septiembre.
Enero tiene las uvas, el gimnasio, la dieta y la agenda nueva. Septiembre tiene el horario, las reuniones, los grupos de WhatsApp, las programaciones y una contraseña de alguna plataforma educativa que, misteriosamente, hemos olvidado durante el verano.
Pero el espíritu es exactamente el mismo: creemos firmemente que este año vamos a ser una versión mejorada de nosotros mismos.
Porque los docentes también hacemos propósitos de año nuevo.
Este curso voy a llevarlo TODO al día.
No voy a dejar nada para el último momento.
Voy a organizar perfectamente mis carpetas.
No acumularé papeles encima de la mesa.
Contestaré los mensajes en cuanto los reciba.
Prepararé las clases con varios días de antelación.
Y, por supuesto, este año sí que sí, utilizaré aquella aplicación maravillosa que descubrí en una formación hace dos cursos y que todavía no he abierto.
Después llega la segunda semana de septiembre y empezamos a rebajar expectativas.
Septiembre es así.
Probablemente sea el único mes del año en el que un docente puede mantener en una misma mañana una conversación sobre una programación didáctica, buscar una grapadora, intentar recordar veinte nombres nuevos, resolver un problema con una contraseña, mover quince mesas, contestar tres correos, descubrir que le falta un documento y preguntarle a un compañero:
—¿Tú sabes dónde han puesto ahora el papel de la fotocopiadora?
Todo ello antes del recreo.
Porque septiembre tiene algo de caos organizado.
Llegamos al colegio cuando todavía conserva ese extraño silencio del verano. Las aulas están demasiado ordenadas, las pizarras demasiado limpias y los pasillos parecen incluso más grandes sin niños corriendo por ellos.
Y comienza el ritual.
Mover mesas.
Cambiar mesas.
Volver a colocar las mesas como estaban al principio.
Poner carteles.
Quitar alguno porque no queda tan bien como imaginábamos.
Preparar materiales.
Hacer listas.
Cambiar las listas.
Imprimir las listas nuevas.
Y descubrir, justo después de imprimirlas, que hay otra modificación.
Entonces sabemos que oficialmente ha empezado septiembre.
También reaparecen palabras que durante julio y agosto habíamos conseguido borrar temporalmente de nuestro vocabulario: claustro, evaluación inicial, horario, coordinación, programación, reunión, plataforma, documentación…
Pero entre papeles, reuniones y preparativos llega el momento que realmente importa.
Se abre la puerta.
Y entran ellos.
Los alumnos.
Ahí desaparece cualquier posibilidad de controlar septiembre.
Hay quien entra como si llevara toda la vida esperando ese momento. Quien llega enseñando la mochila nueva. Quien necesita contar antes de sentarse absolutamente todo lo que ha hecho durante el verano. Quien pregunta a qué hora es el recreo cuando todavía no han pasado diez minutos de clase.
También está quien observa desde la puerta.
Quien busca rápidamente una cara conocida.
Quien se sienta en silencio.
Quien aparenta no estar nervioso aunque lo esté.
Y comienza uno de los mayores desafíos cognitivos de nuestra profesión: aprender los nombres.
Durante unos días desarrollamos estrategias que jamás reconoceremos públicamente.
Miramos discretamente una lista.
Esperamos que otro compañero diga el nombre.
Hacemos preguntas cuidadosamente diseñadas para evitar reconocer que no recordamos cómo se llama alguien.
Hasta que ocurre algo curioso.
Un día entramos en clase y ya los sabemos todos.
Y entonces dejan de ser nombres escritos en un listado.
Empiezan a convertirse en personas.
Descubrimos quién necesita hablar constantemente y quién necesitará varias semanas para atreverse a hacerlo.
Quién termina antes de tiempo.
Quién pregunta absolutamente todo.
Quién presta un lápiz sin que nadie se lo pida.
Quién necesita escuchar más veces que los demás que puede hacerlo.
Quién parece muy seguro y quizá no lo sea tanto.
Ahí empieza de verdad el curso.
Porque antes de enseñar Matemáticas, Lengua, Ciencias o cualquier otra materia hay algo mucho más importante: descubrir quién tenemos delante.
Cada grupo tiene su propia personalidad.
Hay clases tranquilas.
Clases habladoras.
Clases en las que cinco minutos parecen veinte.
Y clases en las que veinte minutos parecen cinco.
También existe ese misterioso fenómeno educativo por el que un mismo grupo puede comportarse maravillosamente con un profesor y transformarse por completo cinco minutos después con otro.
La ciencia todavía tiene mucho que investigar al respecto.
Pero septiembre también es ilusión.
Por muchos cursos que llevemos dando clase, seguimos imaginando cosas nuevas.
Pensamos proyectos.
Guardamos ideas.
Compramos algún material que probablemente no necesitábamos.
Vemos un rincón vacío del aula y pensamos inmediatamente qué podríamos hacer allí.
Nos proponemos escuchar más, leer más, jugar más, innovar más y conseguir que nuestros alumnos disfruten aprendiendo.
Queremos hacerlo mejor que el curso anterior.
Y eso es bonito.
Porque enseñar también significa revisar constantemente nuestra propia manera de enseñar.
Por supuesto, llegará octubre.
Y noviembre.
Y aquel maravilloso trimestre en el que descubriremos que la expresión “cuando tenga un rato” era excesivamente optimista.
Habrá actividades preparadas durante horas que funcionarán durante exactamente siete minutos.
Habrá clases improvisadas en cinco minutos que saldrán extraordinariamente bien.
Habrá días en los que todo encaje y otros en los que miraremos el reloj convencidos de que debería haber pasado una hora y comprobaremos que solo han transcurrido doce minutos.
Habrá cansancio.
Papeles.
Correcciones.
Reuniones.
Muchos cafés.
Pero también habrá cosas que ahora, en septiembre, todavía no podemos imaginar.
Un alumno que conseguirá algo que creía imposible.
Una familia que nos dará las gracias cuando menos lo esperemos.
Una conversación en un pasillo que terminará siendo mucho más importante que la actividad que habíamos preparado.
Una excursión que recordaremos durante años.
Una carcajada colectiva.
Un dibujo encima de nuestra mesa.
Un “profe, mira” que llegará justo cuando tengamos más prisa.
Y quizá algún “te voy a echar de menos” cuando llegue junio.
Porque eso es lo extraordinario de septiembre.
Todavía no ha ocurrido nada.
Un aula al principio de curso es simplemente un espacio con mesas, sillas y una pizarra.
Nueve meses después, ese mismo lugar estará lleno de recuerdos.
Habremos aprendido contenidos, por supuesto.
Pero también habremos aprendido nombres, historias, miedos, fortalezas, manías, sueños y formas diferentes de mirar el mundo.
Por eso septiembre es nuestro enero.
Porque nos permite volver a empezar.
Nos devuelve la sensación de que tenemos delante un curso entero para intentar hacer las cosas un poco mejor.
Probablemente no cumpliremos todos nuestros propósitos.
Seguramente volveremos a acumular papeles.
Algún domingo prepararemos algo que juramos que dejaríamos terminado el viernes.
Y aquella carpeta perfectamente organizada quizá deje de estarlo antes de Navidad.
Pero hay un propósito que merece la pena mantener durante todo el curso: recordar que detrás de cada nombre de nuestra lista hay una persona para la que ese año escolar también será irrepetible.
Nosotros seremos su maestro durante unos meses.
Pero quizá alguna palabra, algún gesto o alguna experiencia permanezca con ellos mucho más tiempo.
Así que sí.
Que otros celebren el año nuevo en enero.
Nosotros estrenamos agenda, grupo, ilusiones y propósitos en septiembre.
Feliz año nuevo, profes.
Y, sobre todo, feliz curso.






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