Como “La Celestina” de Fernando de Rojas, el castillo de La Calahorra puede considerarse pasarela entre el Medievo y el Renacimiento, reconduciendo los viejos hábitos feudales al preclaro humanismo de los nuevos tiempos.
También el marqués de Santillana, Íñigo López de Mendoza, abuelo de don Rodrigo, que lo mismo rimaba las deliciosas “serranillas” acompañando al rey don Juan por la frontera del reino nazarí de Granada, que escribía los “Sonetos fechos al itálico modo” adelantándose a Navagero, Boscán y Garcilaso.
Un noble erudito y poderoso el marqués de Santillana que alternó las armas con la pluma, según él mismo nos dijo: “Las ciencias y las letras no embotan el hierro de las espadas ni debilitan la mano del caballero”.
Así, el castillo de La Calahorra, mitad fortaleza-mitad palacio, tiene un pie en los romances juglarescos de la épica y otro en los sonetos palaciegos de la lírica; entre los torneos y las pavanas, entre los cantares de gesta y los galanteos trovadorescos, entre las ladinas alcahuetas y las virtuosas doncellas, entre el “Recuerde el alma dormida” de Jorge Manrique y el “Yo no nací sino para quereros” del más grande poeta del Renacimiento.
El castillo de La Calahorra nace en los estertores de la Edad Media y se hace adulto con el Renacimiento. Y ahí radica su originalidad, en ser el último castillo medieval y el primer palacio renacentista, a caballo entre una mentalidad que se extingue y otra que alborea, porque el castillo se construyó cuando la moda de levantar castillos ya había pasado y los nobles adinerados buscaban la confortabilidad de los palacios huyendo de un feudalismo encastillado.
El hacedor del castillo de La Calahorra, Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza fue un personaje también paradigmático, con una personalidad bipolar entre el señor feudal que borboteaba por sus venas y el príncipe renacentista que su rango exigía. Y siempre conflictivo, pasando de ser una persona mimada en la corte de los Reyes Católicos a un noble incómodo para la misma, por lo que el rey Fernando se esforzó, sin conseguirlo, en mantenerlo alejado, siendo ésa la razón que el monarca urdió para intentar casar a don Rodrigo con Lucrecia Borgia. Propuesta matrimonial rechazada por el Mendoza; decisión lamentable, pensamos, pues cuánta literatura hubiese generado el enlace del hijo del cardenal Mendoza con la hija del Papa Alejandro. ¡Menudo argumento para una ópera de Verdi o una zarzuela con pasodobles y barcarolas! Una pena que Rodrigo de Mendoza “el más bello pecado del cardenal”, como lo calificó la misma reina Isabel la Católica, no se casara con Lucrecia Borgia, sin duda, otro hermoso pecado del Papa de Roma.
Nada comparable con la historia de amor que luego viviría Rodrigo de Mendoza con su segunda esposa, María de Fonseca; una historia de amor más propia del romanticismo decimonónico que de aquellos austeros tiempos del Humanismo en que vivieron: bodas secretas, castillos, prisiones, torturas, odios palaciegos, convento, rapto de la novia…en fin, la vida de don Rodrigo fue cualquier cosa menos aburrida desde sus más jóvenes años, tal y como describe un cronista de la época: “Era de más extremada ventaja a todos otros mancebos de su prosapia. A vueltas de todo, era temido por travieso y mal sesado”.
Don Rodrigo ostentó el apellido “Díaz de Vivar” no por parentesco con el Cid Campeador sino por expresa decisión de su padre, el cardenal Mendoza, empeñado en entroncar con el legendario héroe castellano; inventada por el cardenal la genealogía que los enlazaba con el Cid, su hijo la asumió entusiasmado e intentó establecer cierta analogía con el ídolo burgalés: ambos se llamaron Rodrigo, los dos crearon leyenda en el campo de batalla, se enfrentaron a sus reyes, a sus suegros, sufrieron destierro y ambos murieron en Valencia.
Don Rodrigo, aunque por parte de padre descendía de la más alta nobleza castellana, no así su madre, Mencía de Lemos, dama portuguesa llegada a España en el séquito de la reina Juana, esposa de Enrique IV. Esa circunstancia siempre lo perturbó.
Fue el marqués del Zenete un personaje emblemático de lo mejor y peor del renacimiento, con una personalidad basculante entre el señor feudal trasnochado y un moderno cortesano, culto y humanista.
Tanto el marqués, como el castillo que construyó en el cerro de La Calahorra para controlar las diáfanas tierras del Zenete, fueron un puente de unión entre la Edad Media que se diluía y un renacimiento vigoroso que desde Italia llegaba.
Así, el castillo-palacio de La Calahorra emergió como puente que enlaza dos épocas, dos eras históricas, dos concepciones de la vida: la medieval, encastillada, y la moderna, palaciega, siendo la inexpugnable fortaleza el templete que custodia la joya del patio.
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