Tomás Moreno: «Reflexiones para el Tercer Milenio, XIV: Tres aproximaciones al poder: Albert Camus. XIV (2/4)

II. ETICA, POLÍTICA Y DERECHOS HUMANOS EN ALBERT CAMUS

Albert Camus no fue, efectivamente, un revolucionario: afirmaba que “el revolucionario que no es al tiempo un rebelde es un policía” (1). Tampoco un escritor conservador aburguesado o un moralista de derechas de escaso vuelo intelectual como lo calificaran los seguidores de Sartre (2). La denuncia contra injusticias y opresiones contra los débiles de ninguna manera puede ser considerada “de derechas”, en sentido despectivo.

Como señalara acertadamente Fernando Savater, al conmemorar los cincuenta años de su muerte, Albert Camus “no fue un conformista ni un cínico que aceptase, sin más, en nombre del orden sacrosanto los peores manejos de la razón de Estado”. Fue algo distinto: un rebelde, aunque moralmente exigente con la rebeldía, un radical, pero por ser siempre fiel a sus principios éticos. Sostuvo firmemente, como nos recuerda Savater, que “en política deben ser los medios quienes justifiquen el fin y no al revés”, rebelándose “contra toda injusticia y falta de libertad, contra la opresión de los más débiles o desfavorecidos, contra la pena de muerte, contra la tortura, contra la utilización de las armas atómicas” (3).

No comulgó con las ruedas de molino que encarnaban en su tiempo respectivamente las izquierdas (con su silencio culpable y su comprensión de la opresión imperialista soviética) y las derechas (con su indiferencia ante la injusticia y su exaltación nacionalista) y luchó tanto contra el totalitarismo nazi y estalinista advirtiendo de sus peligros, como contra la ideología nacionalista de la que predijo que acabaría con la ideología proletaria. Como ha escrito Roberto Toscano en un enjundioso ensayo: “La moral política de Camus se basa justamente en la no eliminabilidad de la responsabilidad moral, y se coloca así en las exactas antípodas de la actitud mental que -como lo ha descrito con impresionante profundidad Czeslaw Milosz en su Mente prisionera– ha caracterizado el socialismo real en los países del este de Europa” (4).

Porque si se piensa y actúa como Camus, es decir: si se aceptan los límites morales de la acción política, si no se justifica la descarga de conciencia ideológica frente a las transgresiones éticas de Estados o de organizaciones terroristas, el reconocimiento de los derechos humanos como dimensión permanente de la acción política es un corolario inevitable de la misma. Camus colocó, en efecto, en el centro de su reflexión ético-política el concepto de límite moral contra cualquier absoluto y la defensa de las razones de la ética.

Roberto Toscano considera por ello que vale la pena, en nuestra época de crisis de la izquierda revolucionaria, volver a leer El hombre rebelde de Albert Camus, y que lo que más impresiona al hacerlo es que este texto del comienzo de los años cincuenta no ha envejecido, mientras los de su contrincante, Sartre, en la más importante disputa ideológica de ese tiempo, no se pueden leer en la actualidad sin vergüenza ajena. Hoy finalmente, después de la dura pedagogía que nos ha aplicado la historia de nuestro siglo, podemos darnos cuenta, concluye Roberto Toscano, de que Albert Camus, y no Sartre, era el verdadero radical. Y recuerda con Franz Hinkelammert que “ser radicales quiere decir oponerse en el plan de las ideas y de la acción, en nombre de la libertad individual y del cambio social, a esta pretensión de unidad, sea tradicionalista o revolucionaria. Ser radicales significa rechazar el concepto de societas perfecta, de la utopización de estructuras y el aplastamiento del sujeto” (5).

El filósofo y escritor Fernando Savater ::efe

Desde hace algunos años, el asombroso retorno a Albert Camus a que se ha entregado la intelectualidad europea merece una explicación: nunca han sido tan serios ni tan numerosos los estudios sobre la significación de la obra y del comportamiento camusiano en Europa y en Estados Unidos, y nunca tan respetada y prestigiosa su figura intelectual como a partir de la década de los 90 del pasado siglo XX. En el artículo que antes citábamos de Fernando Savater, Dos cabalgan juntos, nuestro eminente pensador ético (y no sólo en su teoría, sino, sobre todo, en su praxis cívica y política) señalaba lo sorprendente que resulta la casi total unanimidad encomiástica que lo rodea en la actualidad: “Las polémicas y las críticas acerbas que acompañaron la mayor parte de su vida creadora parecen haber desembocado hoy en un plácido estuario de reconocimiento sin fisuras” (6).

Entre los motivos que aducía para recordar y reivindicar su figura, el filósofo donostiarra aludía a que los acontecimientos históricos acaecidos tras su muerte —desde la desestalinización del PC de la URSS, promovida por el Informe Jruschov, hasta la caída del Muro de Berlín y la quiebra del imperio soviético subsiguiente en los finales del siglo XX— vinieron a demostrar que en los asuntos esenciales Camus tenía razón: sobre todo en su denuncia del totalitarismo estalinista y en que “a partir de ese momento el comunismo realmente existente perdió casi todos sus abogados intelectuales y ha revelado sin paliativos su fracaso político y su desastre moral”. Finalmente, tampoco se equivocó el gran pensador francés en su denuncia de la pena de muerte y del terrorismo, “extremos simétricos de la inmolación del individuo a la razón de Estado”.

Sus tesis generales (radicalmente antimaquiavélicas) sobre la dialéctica medios-fines y sobre la relación ética-política se resumen en estas pocas, pero diáfanas afirmaciones: que el fin nunca justifica los medios. Esto es: que no hay causas justas sin medios justos; que no son los fines los que justifican los métodos (o medios), sino los métodos los que justifican los fines; que la violencia contra la injusticia debe imponerse límites a sí misma (“Cuando el oprimido empuña las armas en nombre de la justicia, da un paso en la tierra de la injusticia”, escribió en un célebre artículo en su época de mediador en el conflicto argelino). Y, en fin, que el mal y la violencia terminan siempre por engendrar más mal y más violencia porque, como recordaba Mario Vargas Llosa, “pura y simplemente, no hay finalidad política, social, económica o religiosa que sea digna si para alcanzarla hay que pasar por la institucionalización de la tortura o la indiscriminada degollina de los inocentes” (7).

Albert Camus fue un hombre justo, un pensador que antepuso y prefirió su conciencia a la causa de cualquier Partido o de cualquier utopía. Que luchó, como nuevo Sísifo, para superar cualquier prueba por difícil o insuperable que pareciera. En estos tiempos turbulentos por los que atraviesa Europa —de crisis, de pesimismo, de desconfianza y desesperanza en nuestras propias posibilidades de superación—-, su ejemplo, su obra y su pensamiento pueden sernos muy útiles como referente moral al que aspirar e imitar. Por eso, hoy más que nunca es merecedor del título con el que encabezamos este ensayo: Albert Camus o la conciencia ética de Europa.

BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS

1) Albert Camus, El hombre rebelde, Losada, Buenos Aires, 1981, p. 277. Se refiere, como es obvio, a un policía en un estado totalitario, represor y sin libertades cívicas. En un Estado de Derecho un policía defiende nuestras libertades y derechos: un servidor de la sociedad.

2) El hecho de que la mayoría de la izquierda radical fuera en ese tiempo «sartriana» y filosoviética, y definiera a Camus así, tendría que hacernos reflexionar sobre la medida de la perversión colectiva en que durante decenios se ha extraviado el pensamiento político radical. El historiador británico Tony Jud, en su último libro (Sobre el olvidado siglo XX, Taurus, Madrid, 2008) puso en evidencia a esa izquierda, al señalar que «debe aceptar su responsabilidad en los males del siglo que acaba de terminar: mientras no reconozca su antigua tendencia a preferir el poder a la libertad, a ver algo bueno en todo lo que hacía una autoridad progresista por el mero hecho de autodefinirse así».

3) Fernando Savater, «Dos cabalgan juntos» El País, 23 enero de 2010.

4) Roberto Toscano, «Radicalismo y Derechos Humanos», Claves de la Razón Práctica, nº 10, marzo de 1991, pp. 31-32.

5) Franz Hinkelammert, La fe de Abraham, el Edipo occidental, San José, 1989, p. 11.

6) Fernando Savater, El País, loc. cit., 2010.

7) Mario Vargas Llosa, “Camus y Orwell en Chechenia”, El País. Vid. al respecto: Georges Hourdin, Camus, le juste, París, 1960.

 

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Tomas Moreno Fernández,

Catedrático de Filosofía

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