III. TIPOLOGIA DIFERENCIAL DE LOS SEXOS: ESPÍRITU VS ALMA
En su ensayo “Vitalidad, alma espíritu” Ortega trata de adentrarse en profundo abismo que constituye la compleja personalidad humana. En su análisis de la “estructura de la intimidad humana”, descubrirá la que denomina Ortega una especie de “tectónica de la persona” constituida por las tres instancias esenciales de la psique humana o los tres niveles biopsicológicos componentes o constitutivos de la misma: la esfera psicocorporal (vitalidad), el yo personal (alma) y el yo mental (espíritu), que constituyen la topografía de la interioridad más nuclear de la persona (1).
La parte más profunda y abismal de esa intimidad humana es la denominada vitalidad (o alma carnal). Intermedia entre la vitalidad y el espíritu, se encuentra superpuesta el alma; en ella radican los sentimientos y emociones, los deseos, impulsos y apetitos, que constituyen el yo anímico-personal o lo psíquico. En la zona más emergente, se encontraría el tercer componente, el espíritu. Yendo desde el exterior hasta el interior del hombre se manifiestan en orden esos tres componentes de la personalidad humana: el espíritu, el alma y la vitalidad. No le cabe duda a Ortega que la forma de energía más básica y fundamental de nuestra personalidad es la vitalidad:
“Porque en ella se funden radicalmente lo somático y lo psíquico, lo corporal y lo espiritual, y no solo se funden, sino que de ella emanan y de ella se nutren. Cada uno de nosotros es ante todo una fuerza vital. mayor o menor, rebosante o deficiente, sana o enferma” (2)
A partir de esta tectónica psíquica Ortega puede llevar a cabo una incursión entre las diferencias rasgos o características que conforman la tipología diferencial de los sexos. Para Ortega la contraposición entre el espíritu y el alma ejemplifica perfectamente la primera gran diferencia entre el varón y la mujer:
“Si, entre adultos, comparamos la mujer con el hombre, fácil es convencerse de que en aquélla predomina el alma, tras de la cual va el cuerpo, pero muy raramente interviene el espíritu. […] La falta de lógica que el hombre frecuentemente imputa a la mujer es consecuencia de esa arquitectura natural de la psique femenina, que ha obligado siempre a Eva a vivir desde su alma, emboscada en su alma. Lo lógico sólo posee influjo eficaz sobre el espíritu, que es el logos” (3).

De esta manera, la corporalidad masculina y la femenina revelan dos relaciones diferentes con la personalidad íntima. El ego femenino es tan radicalmente distinto del nuestro varonil, que desde el primer instante acusa esa diferencia consistente en que la relación de ese ego con su cuerpo es distinta de la relación en que el ego masculino está con el suyo. Es a propósito de esta diferente instalación antropológica del hombre y de la mujer por lo que Ortega llega a concluir que existe incluso un ensimismamiento específico o diferente para cada sexo, porque el estar en sí mismo de cada uno de los sexos es radicalmente distinto: “el ensimismamiento, como todo lo humano, es sexuado, quiero decir que hay un ensimismamiento masculino y otro ensimismamiento femenino. Como no puede menos de ser, ya que la mujer no es sí mismo, sino sí misma” (4).
En este sentido, Ortega se extraña sobremanera de que los psicólogos no hayan advertido que en esta zona de procesos intracorporales se funda buena parte de las diferencias psicológicas entre el hombre y la mujer. Es un hecho notorio que el cuerpo femenino — viene a decir Ortega en “Cómo nos vemos a nosotros. La mujer y su cuerpo”, todo un epítome de lo que piensa sobre esta temática — está dotado de una sensibilidad interna más viva que la del hombre y que comparadas con las de la mujer las sensaciones orgánicas o intracorporales de éste “son vagas y como sordas”. En este hecho ve Ortega “una de las raíces de donde emerge, sugestivo, gentil y admirable, el espléndido espectáculo de la feminidad” (5).

Por otra parte, sostiene el filósofo madrileño que la relativa hiperestesia de las sensaciones orgánicas de la mujer trae consigo que su cuerpo exista para ella más que para el hombre el suyo. El cuerpo de la mujer, está constantemente en relación con su alma, hasta tal punto que experimenta a todas horas su cuerpo como interpuesto entre el mundo y su persona. Es decir, para la mujer su cuerpo existe más que para el hombre el suyo y de la relación equilibrada o desequilibrada que tenga con él depende en cierto modo también su relación con el mundo (6):
“Los varones normalmente olvidamos nuestro hermano cuerpo, no sentimos que lo tenemos si no es a la hora frígida o tórrida del extremo dolor o el extremo placer. Entre nuestro yo, puramente psíquico, y el mundo exterior no parece interponerse nada. […] En la mujer, por el contrario, es solicitada constantemente la atención por la vivacidad de sus sensaciones intracorporales: siente a todas horas su cuerpo como interpuesto entre el mundo y su yo, lo lleva siempre delante de sí, a la vez como escudo y como rehén vulnerable” (7).

Las consecuencias son, en opinión de Ortega, claras: “Toda la vida psíquica de la mujer está más fundida con su cuerpo que en el hombre; su alma es más corporal, pero, viceversa, su cuerpo convive más constante y estrechamente con su espíritu; es decir, su cuerpo está más transido de alma” (8). Y ello es así — nos advierte Ortega — hasta el punto de que no es el cuerpo femenino quien nos revela el alma femenina, sino el alma femenina quien nos hace ver femenino su cuerpo. Hay, pues, una divergencia de base, incluso antes que otras diferencias en otros campos, entre el hombre y la mujer. Lo que a Ortega le interesa destacar, en definitiva, es que el cuerpo de la mujer está dotado de una sensibilidad interna más viva que el del hombre:
“Ofrece, en efecto, la persona femenina un grado de penetración entre el cuerpo y el espíritu mucho más elevado que la varonil. En el hombre, comparativamente suelen ir cada uno por su lado; cuerpo y alma saben poco uno de otro y no son solidarios, más bien actúan como irreconciliables enemigos” (9).
En la mujer esa sensibilidad no afecta o se refiere tan sólo al campo psicológico, sino también al bio-fisiológico y le posibilita manejar su cuerpo, resistir el dolor y la miseria física mejor que el hombre, y ser más mesurada o contenida en sus placeres, “de aquí la sorprendente euritmia y comedimiento en la apostura femenina, el compás y contención de sus gestos, un no sé qué de recogido y enredado que tiene el cuerpo de la mujer”. En el caso de la mujer aquejada de desequilibrio nervioso es víctima trágica de su cuerpo en proporción mucho mayor que el varón. Esta peculiar relación de la mujer con su cuerpo tiene, también, necesariamente consecuencias importantes en el campo del amor.
La mujer no siente atracción física respecto al hombre si no va precedida de adhesión sentimental, y, viceversa, “cuando el puro afecto psíquico, en apasionada tormenta, se apodera de su espíritu, arrastra y estremece su carnal soporte, como la ráfaga encorva la mies de oro en el estío y arrebata en otoño las hojas caducas” (10). En ella existe mayor unidad entre el amor del alma, (el afecto psíquico), y el cuerpo (la atracción física). La entrega de su cuerpo es una concesión al amado en la medida que ella alcanza el amor. La entrega es, por lo tanto, espiritualidad. En el hombre, por el contrario, el cuerpo y el alma “al ir cada uno por su lado” y no ser solidarios” (11),de manera que entre el yo psíquico y el mundo no parece interponerse nada y el cuerpo es como “olvidado” por él y sólo es captado en momentos puntuales, ya sea en circunstancias de extremo dolor o de extremo placer, oscila entre extremos carnales y místicos, creando el sensualismo o el platonismo.
En efecto, por una parte, siente deseos placenteros de arrebato carnal y cumple con los ritos del amor “con total ausencia del espíritu”, y por ello “es normal que el hombre sienta deseos y placentero arrebato carnal hacia mujeres que no despiertan en su alma el menor efecto”. Por la otra, puede existir en él también el amor espiritualista, en el que el hombre idealiza a la mujer amada, y “no es raro que el hombre de extremada selección y firme disciplina mental experimente un amor puramente psíquico, hecho todo él de místicos sentimientos, sin ganga alguna de carnales instintos” (12). Ortega señala explícitamente que ambas tendencias repugnan a la mujer y le hacen reaccionar ante un tipo de amor no personal, en el primer caso, porque la hacen sentirse como un mero objeto, y para ella es muy difícil una entrega sincera si no existe afecto y en el segundo, porque siente que su condición concreta de mujer, de ser sexuado, es ignorada. En ambos casos, se olvida la corporalidad como dimensión de la persona:
“Merced a su afortunada predisposición psicológica logra, pues, la mujer, desde luego y sin esfuerzo, esa perfecta unidad entre el amor del alma y del cuerpo que es, sin duda, la forma ejemplar y la ecuación moral del erotismo. Norma y ejemplo a que sólo ciertos hombres egregios, de exquisita condición, consiguen elevarse” (13).

De todo lo hasta aquí expuesto se sigue una consecuencia: por su nativa y peculiar contextura fisiológica que le impone el hábito de fijarse y de atender a su cuerpo, que es para la mujer el primer objeto por proximidad en la perspectiva de su mundo, es lógico pensar que la “inmortal propensión de la mujer al adorno y ornato de su cuerpo” — “hecho eterno y enigmático que cruza la historia humana de punta a punta
— proceda de esta cercanía originaria:
“Y como la cultura no es sino la ocupación reflexiva sobre aquello a que nuestra atención va con preferencia, la mujer ha creado la egregia cultura del cuerpo, que históricamente empezó por el adorno, siguió por el aseo y ha concluido por la cortesía, genial invento femenino que es, en resolución, la fina cultura del gesto” (14).
El resultado de la atención constante que la mujer presta a su cuerpo es que éste nos aparece como impregnado, lleno, transido todo él de alma. Y, concluye Ortega, afirmando que la atracción erótica que en el varón produce la mujer no es suscitada por el cuerpo femenino en cuanto cuerpo — como siempre han sostenido los ascetas, ciegos para asuntos como este — “sino que deseamos a la mujer porque el cuerpo de Ella es un alma” (15).
BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS
1. Sobre esta temática véase el reciente e interesante ensayo de Simona Lorenzano “El amor es espacial: una lectura orteguiana”, Revista de Estudios Orteguianos, nº 51, Madrid, 2025, pp. 143-159.
2. José Ortega y Gasset, “Vitalidad, alma, espíritu”, op. cit, OC. II, pp, 584-585.
3. “Vitalidad, alma, espíritu” op. cit, OC. II, pp. 568 y ss.
4. José Ortega y Gasset, “Ensimismamiento y alteración”, en El hombre y la gente I en OC X, p. 156.
5. J. Ortega y Gasset, “Cómo nos vemos a nosotros. La mujer y su cuerpo”, en Teoría de Andalucía y otros ensayos, en: OC VI, pp. 219-220.
6. J. Ortega y Gasset: “Cómo nos vemos a nosotros. La mujer y su cuerpo”, en Teoría de Andalucía y otros ensayos, en OC VI, p. 220 y ss. (Vid. también “Más sobre los otros y yo. Breve excursión hacia Ella”, en El hombre y la gente, VI, en OC X, p. 185).
7. Ibid.
8. Ibid.
9. J. Ortega y Gasset, “Cómo nos vemos a nosotros mismos. La mujer y su cuerpo”, en Teoría de Andalucía y otros ensayos, en OC VI, p. 162.
10. J. Ortega y Gasset, “Más sobre los otros y yo. Breve excursión hacia Ella”, en El hombre y la gente VI, en: OC X, p. 229 (“Cómo nos vemos a nosotros mismos. La mujer y su cuerpo”, en Teoría de Andalucía y otros ensayos, en OC VI, p. 161).
11. J. Ortega y Gasset, “Cómo nos vemos a nosotros mismos. La mujer y su cuerpo”, en Teoría de Andalucía y otros ensayos, en OC VI, p. 163.
12. Idem.
13. J. Ortega y Gasset, “Más sobre los otros y yo. Breve excursión hacia Ella”, en El hombre y la gente, en OC X, p.229,
14. Ibid.
15. Ibid.
ÍNDICE: ORTEGA Y GASSET, LA SEXUALIDAD, EL AMOR Y LAS MUJERES
I. INTRODUCCIÓN
II. LA DIFERENCIA BIOLÓGICO-SEXUAL
III. TIPOLOGIA DIFERENCIAL DE LOS SEXOS: ESPÍRITU VS ALMA
IV. CONFUSIÓN INTELECTUAL VS CLARIDAD CONCEPTUAL
V. MUJER-NATURALEZA Y HOMBRE-CIVILIZACIÓN
VI. HOMBRE-INDIVIDUO VS. MUJER-GÉNERO
VII. CONTRASTE ENTRE EL SER FEMENINO Y EL HACER MASCULINO
VIII. MUJER-PRIVACIDAD Y HOMBRE-CIUDADANÍA
IX. DE LA INFLUENCIA DE LA MUJER EN LA HISTORIA
X. MODO DE INFLUIR LA MUJER EN LA HISTORIA
XI. El CONTEXTO: LA MUJER EN LA ESPAÑA DE LA RESTAURACIÓN
XII. EL ROL DE LA MUJER EN LA SOCIEDAD CONTEMPORÁNEA





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