El plato fuerte de esta zona fue el Monasterio de Geghard [La Flecha] que durante siglos fue inaccesible; hoy sigue teniendo un buen grado de dificultad llegar a él, fue necesario contratar varios vehículos de doble tracción para poder ver el rincón en donde se enclava el monasterio excavado en la roca, al final del cañón Gehardatzor. Pasa por ser un lugar especial, incluso se le conoce como el más misterioso de los sitios religiosos de Armenia: toda una proeza que hace siglos una comunidad decidió montar este peculiar centro espiritual excavándolo directamente en la roca.

Sería donde se escondería la reliquia más preciada por la Iglesia Apostólica Armenia: una parte de la lanza que atravesó el costado de Cristo [custodiada en el Museo de la Catedral de Echmiadzin] y que los eremitas de Geghard escondieron en este lugar enclavado en lo más profundo de la montaña, dicen que la reliquia llegó hasta aquí de la mano de Judas Tadeo.
Posiblemente fue un templo pagano al que acudían las gentes para usar sus aguas milagrosas que aún brotan del macizo rocoso. Hacia el IV ya tuvo un uso cristiano hasta que los musulmanes lo descubrieron, lo saquearon y lo incendiaron, era el año 923 cuando Nasr, a la sazón vice regente del califa lo destrozaba. La historia, una vez más, debido al fanatismo religioso, perdía infinidad de manuscritos y el lugar prácticamente quedaba en el olvido. En 1215 los hermanos Zakare e Ivana, los generales de la reina Tamara de Georgia, lograron recuperar la mayor parte de Armenia de los invasores turcos y el lugar comenzó su recuperación. Entraba en la lista UNESCO en el año 2000, es de acceso gratuito y sólo hay que pagar medio euro por vehículo en el aparcamiento.

Lo que contempla el viajero es un complejo reconstruido entre los siglos XII-XIII. Hay varias iglesias, capillas -algunas horadadas directamente en la roca- donde, a pesar de ser más pequeñas, suelen ser las más visitadas. Efectivamente se trata de la de San Gregorio el Iluminador que lo denominó Ayrivank [El monasterio de la Cueva] y hoy es Geghard o Geghardavank [El monasterio de la lanza]; es una capilla pequeña pero especial debido a sus construcción directamente en la piedra del macizo, hay que subir unas escaleras para acceder y el grupo disfrutó de un momento único, mágico: casi una hora de música coral que hizo un grupo de cinco voces y creó una atmósfera especial, mágica, de recogimiento, de paz. ¿Era el lugar o fue la sugestión de disfrutar de un momento único? ¡Saber, dirían los ticos!
Hacia el 1200 se le conocía como el Monasterio de las Siete Iglesias o el de Los 40 altares; a su alrededor hay muchas cuevas y khachkars [desde el 17.11.2010 el arte de las cruces de piedra armenia figura en la lista del patrimonio UNESCO, en realidad es una losa con una cruz realizada en bajorrelieve: o sea cincel y martillo, aunque la técnica también llegó al sector y hoy prácticamente se hace todo con máquinas; desapareció otra profesión].

El primer documento citando el monasterio está datado en 1250. Una familia lo compró y lo convirtió en un lugar de peregrinación que, aún hoy, es todo un reto alcanzarlo si nos trasladamos a aquella etapa histórica donde no había vehículos. El lugar tiene una orografía infernal y se acaba preguntando ¿Cómo llegaban los creyentes hasta ese recóndito lugar escondido en lo más profundo de la montaña? Es evidente que realizaban un extraordinario viaje que, definitivamente, se convertía en algo inolvidable, algo que aún sucede en pleno siglo XXI.
La parte externa, de roca del lugar, tiene un extenso patio rectangular que lleva a unas fuentes donde el agua aún hiela los dientes; se abre una especie de pasillo en la pared o muralla que te lleva hasta la «piscina» natural que aquel día se convirtió en un tormentoso torrente. Por supuesto, esta zona que denominan la Iglesia de Avazan, tiene su particular y peculiar leyenda. Si una mujer estéril bebe su agua y tiene fe, su esterilidad desaparecerá y acabará siendo madre. Ese día la zona, a pesar de la lluvia, tenía una buena fila de féminas a la espera de poder beber el agua, suponemos que es un acto más de superstición que no de fertilidad, allí estaban bebiendo del reparador líquido, tal cual sale de las entrañas de la montaña, sin filtros de ningún tipo, sin control sanitario, como siempre se había hecho hasta que llegó el gran negocio del agua embotellada y las fuentes naturales fueron desapareciendo de nuestra geografía como por arte de magia.

En esa zona la montaña parece que está a punto de caer, algo que sucede más frecuentemente de lo que uno cree, basta observar los perfiles de los acantilados para ver la diferencia cromática y allá en donde el negro u oxidado exterior ha desaparecido y encontramos una parte más clara, marrón o arcillosa, es que la diosa naturaleza hizo su trabajo y los desprendimientos, cuando alcanzan el lecho del río, se convierten en el limo germinador kilómetros más abajo.
Tras Geghard tocaba ir a una de las maravillas naturales «Las sinfonías de piedra» que están en lo más profundo de la garganta del curso del Arat, se trata de un gigantesco acantilado formado por columnas basálticas en formato hexagonal. No pudo ser, la torrencial lluvia cortó los caminos y los lugareños no se arriesgaron a quedarse allí a esas horas vespertinas que ya habían afectado el camino que nos devolvió a Garni. Por si fuera poco el vehículo que nos tocó se calentaba y tuvo que parar en varias ocasiones para darle un respiro, apenas subía la pendiente, se ahogaba. Detrás, como si fuera el camión escoba, siempre estaba otro coche por si nos dejaba tirados poder avisar y regresar desde Garni a recoger a las cinco personas.
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