Cada septiembre hacemos listas.
Más proyectos.
Más metodologías.
Más recursos.
Más tecnología.
Más formación.
Más actividades.
Más reuniones.
Más…
Y, casi sin darnos cuenta, también llega el “menos”.
Menos tiempo para escuchar.
Menos conversaciones espontáneas.
Menos miradas que detectan que algo no va bien.
Menos silencios.
Menos calma.
Vivimos en una escuela donde, a veces, parece que siempre tenemos que correr.
Correr para terminar el tema.
Correr para llegar a la evaluación.
Correr para completar la programación.
Correr porque el calendario aprieta.
Pero los niños no aprenden con cronómetro.
Aprenden cuando alguien les dedica tiempo.
Cuando sienten que pueden preguntar sin miedo.
Cuando descubren que equivocarse forma parte del camino.
Y eso no siempre entiende de horarios.
Hay una escena que se repite en muchas aulas.
El docente está a punto de empezar la clase y un alumno se acerca.
—Seño, ¿te puedo contar una cosa?
En ese momento aparecen dos opciones.
Mirar el reloj.
O mirar al niño.
Es verdad que no siempre podremos detener la clase.
Pero tampoco podemos olvidar que, para ese alumno, quizá esa conversación sea mucho más importante que el ejercicio número cinco de la página cuarenta y dos.
Educar también consiste en saber cuándo merece la pena parar.
Porque hay aprendizajes que no aparecen en ningún libro de texto.
Aprender a expresar cómo uno se siente.
Resolver un conflicto hablando.
Escuchar a un compañero.
Pedir perdón.
Dar las gracias.
Sentirse visto.
Todo eso también es currículo, aunque no venga numerado en un decreto.
Quizá este curso no necesitemos hacer más cosas.
Quizá necesitemos hacer algunas… mejor.
Menos actividades que se olvidan al día siguiente y más experiencias que dejen huella.
Menos fichas por completar y más preguntas por descubrir.
Menos obsesión por llegar a todo y más tranquilidad para llegar a lo importante.
Porque, al final, ningún alumno recordará cuántas diapositivas tenía aquella presentación tan elaborada.
Pero sí recordará al docente que un día dejó lo que estaba haciendo para preguntarle:
—¿Estás bien?
Tal vez la innovación que más necesita la escuela no sea una aplicación nueva ni una metodología con nombre en inglés.
Tal vez sea algo mucho más sencillo.
Recuperar el tiempo.
El tiempo para escuchar.
Para observar.
Para conversar.
Para acompañar.
Porque cuando educamos con calma no enseñamos menos.
Muchas veces, enseñamos mucho más.
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