Siempre que pasaba por aquel punto del camino, lo veía sentado en el mismo balate, con la mirada ausente, perdida en la lejanía. Era muy viejo a juzgar por su aspecto, por el temblor que a veces se advertía en sus manos. Tenía el rostro arrugado, tostado por el sol. Llevaba un sombrero de paja muy deteriorado, ligeramente ladeado sobre la cabeza. Por una especie de manía o de costumbre, tenía los pantalones remangados hasta la altura de las rodillas. Nunca respondía a mi saludo, como si no me oyese o como si no hubiera reparado en mí. Yo pasaba a escasa distancia de él, en dirección a alguna de las hazas que labraba entonces mi padre. Aunque suscitaba en mí un enorme interés, nunca le había preguntado por él a mi padre, quizá por respeto, por no parecer demasiado curioso. Yo nunca lo había visto en el pueblo, por lo que me daba a pensar que tal vez viviese en el campo, posiblemente en alguna mísera caseta.
En los días de invierno, llevaba un chaquetón percudido echado sobre los hombros. Me pude dar cuenta de que solo se ausentaba cuando llovía o cuando hacía mucho frío, ya que en las ocasiones en que yo había pasado por el camino con esas condiciones atmosféricas él no estaba, quizá porque no quisiera contraer un constipado.
La verdad es que resultaba llamativa su figura, siempre situada en el mismo sitio, en aquel balate de la vera del camino, frente a un paisaje que debía de haber visto muchas veces.
Yo era muy joven entonces; tenía apenas diecisiete años. Me dedicaba, como era natural, preferentemente a estudiar, aunque siempre que podía realizaba mis escapadas a la vega, donde me gustaba estar un rato con mi padre en la época en que me hallaba menos abrumado de obligaciones. De alguna manera me servían aquellas visitas a la vega para relajar la mente, para desentenderme de los estudios. En el campo encontraba la serenidad que le faltaba a mi espíritu, el aliento necesario para reanudar con renovados bríos las tareas académicas.
Una tarde del mes de mayo, cuando muchos frutos estaban en su sazón y el panorama que se extendía a mi alrededor era espléndido, aquel hombre enigmático me hizo una señal con la mano para que me acercara. Fue un gesto algo indeciso que yo no dejé de percibir y al cual obedecí con cierta vacilación, como si no estuviera muy seguro de que era a mí a quien había sido dirigido. A poco de aproximarme, el hombre regresó del ensueño en el que había estado sumido y me miró por primera vez a los ojos. Me dijo, apenas estuve frente a él, que me había visto cruzar muchos días por allí y que siempre le había llamado la atención lo serio y pensativo que iba, a lo que yo no supe por el momento qué responder. Me contó, al ver que me había quedado en silencio, que había sido jornalero del campo, pero que tuvo que irse a la guerra para luchar por la causa en la que entonces creía. Fueron unos años muy duros de los que no quería hablar, pues había presenciado cosas espeluznantes que habían cambiado la visión que tenía de la vida y del mundo.
Después de la guerra, volvió al pueblo maltrecho y enfermo, con el corazón lacerado por todo lo que había sufrido. Estuvo más de dos años sin salir de su casa, ya que temía ser represaliado por haber pertenecido al bando perdedor, con lo que su calvario continuó, sin que él pudiera hacer nada por evitarlo. A la enfermedad que padecía se vino a sumar el hambre que pasaba muchos días, pues era un tiempo de grandes carencias, en el que se sobrevivía a duras penas. Parecía como si nunca hubiera de terminar la pesadilla en la que, sin ninguna culpa, se había hundido; en los sueños que tenía por las noches aparecían escenas angustiosas en las que era perseguido por animales horribles. Cada día se convertía para él en una prueba que debía superar con mucho esfuerzo, pues si cedía a la tentación de darlo todo por perdido corría el riesgo de caer en un estado depresivo del que nunca podría levantarse. Los años de guerra y de obligado encierro hicieron que no disfrutara de su juventud y que perdiera oportunidades que ya no volverían a presentársele, como era la de encontrar una mujer con la que pudiera formar una familia. Se le pasó la edad, aseguró al referirse a esto último, puesto que cuando abandonó el encierro era demasiado tarde, sobre todo porque ya no era el mismo; se veía sin ilusión y sin ganas para rehacer su vida con una mujer, de modo que se tuvo que conformar con salir adelante con lo poco de lo que disponía, con los trabajos que se le ofrecían en la vega, casi siempre mal remunerados. Aunque no tenía aún treinta años, daba la impresión de que había envejecido prematuramente, como algún vecino le había dicho. Con dificultad, se fue sobreponiendo a su situación, hasta que consiguió vivir con menos apuros. El cuerpo humano, aunque parezca muy mermado, tiene la capacidad de recuperarse, como le pasó al suyo, dijo con cierto tono melancólico, volviendo a clavar la vista en un punto lejano, tal vez en el tiempo en que él se sintió recuperado.
A hombres como él, que eran de la tierra, no se les podía dar por muertos, pues siempre resucitaban; era una condición con la que había nacido y que le había ayudado a levantarse muchas veces. Estuvo trabajando en el campo hasta que le aguantaron las fuerzas, porque uno debe saber el momento en el que ya no puede rendir más. Vivía solo, sin más compañía que la de un perro y un gato, a los que quería mucho, pues los había criado desde pequeños. Su lugar era aquel, por lo que había decidido trasladarse a una casa abandonada que había hallado en el campo, a no mucha distancia de donde nos hallábamos. Esa era la razón de que lo encontrase muchos días allí, sentado en el balate, donde él meditaba con tranquilidad acerca de todo lo que le había sucedido, acerca de lo malo y de lo bueno que había acaecido en su trabajada vida, de la que no podía sino sentirse orgulloso, ya que había cumplido con lo que de él se esperaba, con todos los trabajos que le habían encargado. No había incurrido en ningún delito ni le debía nada a nadie, así que su conciencia estaba tranquila, porque las cosas de la guerra parecían haber ocurrido en un tiempo oscuro, en el que nada tenía sentido.
El hecho de poder estar allí conmigo era para él una verdadera suerte, un privilegio del que otros no podían disfrutar. En el campo era feliz, en aquella vega tan amplia y tan fértil que a su alrededor se extendía, porque él era un campesino, un hombre que amaba la tierra. No le importaba que no fuera suya, pues la tierra en verdad no era de nadie, era en cualquier caso de quien la amaba y trabajaba con el fin de obtener de ella abundantes frutos. Los pocos años que ya le restasen de vida los quería pasar en el campo, en aquel rincón de la vega donde vivía. Él era feliz viendo salir el sol cada mañana tras los montes, el sol que después se esparcía generoso por las hazas y que brillaba en las aguas de las acequias y que era como el abrazo de un amigo cuando lo envolvía en las horas en que lucía con más fuerza en la vega. Era dichoso viendo el vuelo jubiloso de las palomas al mediodía, escuchando el trino de los pájaros en las choperas. La felicidad era cosa de un instante, de un instante vivido con la mayor intensidad en el lugar en el que uno desea estar. No existía bien más grande en el mundo, porque otros bienes que los hombres codiciaban se acababan perdiendo, más tarde o más temprano se perdían, ya que la mayoría eran materiales o estaban basados en fundamentos que no se sostenían.
Sí, él amaba la tierra; a partir de cierta edad, después de haber visto que no podría casarse con ninguna mujer, se dio cuenta de que era ese su principal amor. Las fatigas y los dolores estaban olvidados, de manera que nada le impedía ya gozar de él, de un amor que era verdadero, ya que estaba libre de egoísmos o de deseos impuros. Quien no lo sintiera como él lo sentía era difícil que lo entendiera, porque es algo que lo pueden entender solo quienes eran hijos de la tierra, quienes la habían labrado y cultivado durante muchos años. Estaba en aquel balate del camino no por un antojo, sino porque se había sentado allí muchas veces para reponer fuerzas cuando trabajaba en el campo. Era, por tanto, un punto al que le había tomado cariño, al que ahora volvía para contemplar las hazas, aquella vega que como un mar frente a él se tendía. «Por lo que veo, a ti también te gusta la tierra ―me terminó diciendo―; aunque no te dediques a ella, nunca la olvides; vuelve a ella siempre que puedas, en los momentos en que más desorientado te encuentres.»





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