Ortega y Gasset, la sexualidad, el amor y las mujeres (7/12)

VII. CONTRASTE ENTRE EL SER FEMENINO Y EL HACER MASCULINO

Una diferencia bien significativa que Ortega descubre entre el hombre y la mujer hace referencia a la oposición entre el ser femenino frente al hacer masculino:

La excelencia varonil radica, pues, en un hacer; la de la mujer, en un ser y en un estar, o, con otras palabras: el hombre vale por lo que hace, la mujer, por lo que es […] De aquí que la profunda intervención femenina en la historia no necesite consistir en actuaciones, en faenas, sino en la inmóvil, serena presencia de su personalidad(1).

El hombre es el principio activo, su valor es producto de sus acciones, mientras que la mujer es el objeto pasivo y su valor se basa en su esencia interior, en su enseidad o ser natural:

El hombre golpea con su brazo en la batalla, jadea por el planeta en arriesgadas exploraciones, coloca piedra sobre piedra en el monumento, escribe libros, azota el aire con discursos y hasta cuando no hace sino meditar, recoge los músculos sobre sí mismo en una quietud tan activa, que más parece la contracción preparatoria del brinco audaz. La mujer en tanto, no hace nada, y si sus manos se mueven, es más bien en gesto que en acción” (2).

De esta manera, si una de las categorías de la vida es el “hacer” o el “quehacer”, la mujer propiamente no vive, en el sentido histórico que tiene el término. Al incesante activismo varonil que es el que propiamente ha gestado la historia, y que con tanto entusiasmo describe en el texto, Ortega opone la inactividad o pasividad femenina. Al no ser, pues, principio activo y carecer de la individualidad diferenciada, la mujer pierde su carácter de sujeto, su personalidad le es hurtada, quedando reducida a mera “esencia natural”. En la mujer, además, Ortega percibe los mismos rasgos y características que podemos apreciar o distinguir en la poesía de Ana de Noailles: lo difuso, lo amorfo y pasivo de lo vegetal. La escritora francesa, expresaría en su creación poética más profunda no ya las características de su poesía sino las del género femenino en cuanto tal.

“El alma que en esta poesía se expresa no es espiritual; es, más bien, el alma de un cuerpo que fuera vegetal. Si intentamos imaginar el alma de una planta, no podemos atribuirle ideas, ni sentimientos: no habrá en ella más que sensaciones, y aun éstas, vagas, difusas, atmosféricas. La planta se sentirá bien bajo un cielo benigno, bajo la blanda mano de un viento suave; se sentirá mal bajo la borrasca, azotada por la nieve inverniza. La voluptuosidad femenina es acaso, de todas las humanas impresiones, la que más próxima nos parece a la existencia botánica” (3).

Efectivamente, Ortega —lo hemos señalado ya— utiliza repetidas veces la imagen de lo vegetal y de la pasividad y blandura femenina precisamente en contraposición al carácter activo y emprendedor que se da en la historia por parte del hombre (4). Y es precisamente esa ausencia de personalidad, su no ser sujeto, su carácter botánico, lo que margina a la mujer de la historia. De ahí, señala Burón González, todas las otras caracterizaciones que tienden a contraponer el ideal “conformador” del espíritu viril a la ausencia de perfiles rigurosos de la mujer que se expresan en todas aquellas palabras que se aplican o refieren a la mujer: alma “vegetal”, “pasiva”, un “clima”, una “atmósfera”. Así, pues, no sólo es que la mujer haya sido alejada de la esfera de la historia y de la praxis, es que, por su propia esencia, resulta incompatible con todas aquellas actividades que forman parte del mundo de la productividad o del trabajo.

Distintas ediciones de ‘Estudios sobre el amor’ de José Ortega y Gasset

Lo que más destaca, pues, en esta la interpretación de Ortega sobre la mujer, es que mientras que el estar en el mundo del hombre estaría más orientado a la acción, a un desarrollarse progresivo en relación con las cosas, la especial consideración del ser femenino, la configura como contrapunto radical del “hacer” masculino”. En otros textos, hablará de una influencia ubicua e invisible de la mujer y, por la misma razón, inevitable. Mientras en el hombre sería un impulso hacia lo externo, hacia lo nuevo y extraordinario, la mujer sería un ser orientado hacia lo privado, lo cotidiano, hacia la vida real:

Ahora bien: donde lo cotidiano gobierna es siempre un factor de primer orden la mujer, cuya alma es en grado extremo cotidiana. El hombre tiende siempre a lo extraordinario, por lo menos sueña con la aventura y el cambio con situaciones tensas, difíciles, originales. La mujer, por lo contrario, siente una fruición verdaderamente extraña por la cotidianidad. Se arrellana en el hábito inveterado y, como pueda, hará de hoy un ayer […]. Cuando se contempla a la mujer […] con mirada de zoólogo se ve con sorpresa que tiende superlativamente a demorar en lo que está, a arraigar en el uso, en la idea, en la faena donde ha sido colocada(5).

BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS

1. J. Ortega y Gasset, “Epílogo al libro De Francesca a Beatrice”, en OC III, pp. 734-735.

2. J. Ortega y Gasset, “La poesía de Ana de Noailles”, en Estudios sobre el amor, p. 136.

3. Ibid., p. 115

4. Una posición que recuerda al misógino austriaco: “¿Es posible que la mujer”, se pregunta Weininger, “pueda seguir considerándose como ser humano?” “¿No deberían quizá”, de acuerdo con la teoría del autor, “contarse entre los animales o las plantas? […] ¿Es, sin embargo, ser humano? ¿Es animal? ¿Es planta?” (SYC, p. 287).

5. J. Ortega Gasset, Estudios sobre el amor, en: OC V, p. 519.

Tomás Moreno Fernández

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