Ortega y Gasset, la sexualidad, el amor y las mujeres (11/12)

XI. El CONTEXTO: LA MUJER EN LA ESPAÑA DE LA RESTAURACIÓN

Para entender de dónde nacen las nociones esenciales de Ortega sobre la relación hombre-mujer y el lugar que ocupaba el erotismo en la moral victoriana, habría que volver la mirada hacia la Restauración, al periodo anterior a la Gran Guerra de 1914. Este periodo que comienza en 1875 y se extiende más allá de la primera guerra mundial, ofrece el marco adecuado para ir elaborando el rango que tendría la mujer en las ideas, creencias y vida sentimental de Ortega. De la Restauración provienen, pues, los modelos de mujer victoriana establecidos en su época.

Como ha resaltado Marta Campomar, el pensamiento de Ortega respecto a la mujer y su rol dentro de la cultura universal, en un inicio fue liberador. Sus primeras “meditaciones” sobre la mujer y su derecho a la felicidad, estarían presentes cuando el feminismo ya era una cuestión impostergable, de moda en Europa desde comienzos del siglo XX (1). El pacato rigor decimonónico ya decadente, y la realidad cotidiana de la mujer española encerrada en las cuatro paredes del hogar, de una Iglesia o de un confesionario, estimula a Ortega a plantearse cuál sería el destino y la vocación de la mujer ibérica en la historia de la civilización occidental.

En el Manifiesto de Marcela (1904) se queja de la vida infecunda y triste (muchas de ellas controladas por el jesuitismo) que llevan las mujeres en su entorno social de clase media madrileña. La mujer española, a pesar de que deseaba hacerlo, no acababa de romper con el siglo XIX, hipócrita y mojigato. De este entorno surgen las mujeres híbridas o autoritarias que abundan en la literatura de la Restauración. Benito Pérez Galdós, el gran retratista de la sociedad decimonónica, reproducía en sus novelas Glorias, María Egipciacas o Doña Perfectas neocatólicas, cuyo modelo de personajes frustrados/reprimidos (castrados) reaparecen en García Lorca en su retrato de Bernarda Alba, Yerma o Doña Rosita la Soltera.

Cuando Ortega publica su “Manifiesto” incentivando la ruptura de la mujer con su pasado pundonor absurdo, Leopoldo Alas apenas acababa de editar “La Regenta”, novela de tensas relaciones entre una mujer en provincias atrapada entre el clero y el amante cura seductor. Pereda y Armando Palacio Valdés ofrecían otra gran galería de prototipos femeninos llenos de Martas y Marías abnegadas, sacrificadas por una vida doméstica de contornos grises o rodeadas de chismosas beatas capaces de destruir reputaciones inocentes. Pero no todo era cruel o “parduzco” en las novelas de la época. Pérez Galdós ya permitía que se asomara en sus novelas por entregas un tipo de mujer más “mundana”, prostituyéndose para mantener apariencias sociales” (2).

Victoria Ocampo con un ejemplar de su revista, Sur

Ya desde su ensayo sobre Eugenia de Montijo, Ortega se declaraba contra la igualdad profesional del feminismo en boga. Hacía tiempo que venía elaborando su teoría de la mujer como gran “inspiradora” universal centrándose en la mujer latina. No concebía dentro de su esquema de feminidad latina a la mujer ejecutiva sajona o nórdica. En todo este ensayo de 1911 sobre la Gioconda aparece la imagen del hombre creador (ya que las mujeres no crean), y sobre el esqueleto de sus relaciones femeninas se originan las grandes obras de arte y se gestan los grandes ideales que él reconstruye. Ellas pertenecen a la categoría de ese ocio viril que dan al hombre las musas de carne y hueso” (3)

El descubrimiento explosivo de la Gioconda Austral, Victoria Ocampo, una de las “bellezas oficiales” de la sociedad porteña, le alterará sus esquemas analíticos. El poder subterráneo del Amor sensual que ya habría analizado en “Leyendo el Adolfo, libro del Amor”, de Benjamín Constant, volumen que Victoria Ocampo habría leído atentamente, reaparece en el segundo volumen de El Espectador en 1917 bajo el título de “Para la cultura del amor”. Desde sus páginas, Ortega tiende el puente entre la experiencia propia, de tipo intelectual y post Victoria Ocampo, donde la vivencia amorosa es ya un teorema sentimental sublimado, “toda una previsión de historia americana” que le adornaba su existencia (4).

Es sobre todo en el “Epílogo al libro De Francesca a Beatrice” de la escritora argentina Victoria Ocampo, donde Ortega muestra abiertamente sus cartas respecto al feminismo. Un poco antes en “La poesía de Ana de Noailles” (de 1923) (5), se había fascinado con la voluptuosidad femenina de otro modelo de mujer, la francesa: aquellos versos de estremecimiento erótico de la Condesa de Noailles a quien imagina con un “vago gesto de criolla”, será el anticipo al animal sensual que encontrará en Sudamérica.

Pero es, fundamentalmente, en los ensayos que componen sus Estudios sobre el amor (1939-1940) donde, según Marta Campomar, se instala un tema importante, que tendrá vigencia hasta 1955, su pensamiento sobre el feminismo contemporáneo. “En ellos aparecen las interminables discusiones acerca de la emancipación de la mujer, la relación e igualdad de los sexos, y el ideal de feminidad hispana en un ambiente cada día más influenciado por el activo “feminismo” anglosajón-escandinavo o el modelo soviético” (6). En los años cuarenta, fecha de la edición del libro en la Colección Austral, no habrían perdido aun ninguno de ellos actualidad.

El contexto en el que el Ortega, más maduro, va a plantearse el tema del feminismo y de la emancipación de la mujer está representado por la Segunda Guerra Mundial época en la que se insertaba definitivamente a la mujer dentro del plano laboral, abriéndole todo tipo de oportunidades profesionales y poniendo en tela de juicio el ideal orteguiano, que cuestionaba su capacidad de igualar al hombre en el campo de las ciencias, las artes y la tecnología modernas. Es en esta zona candente donde quizás Ortega, en una posible segunda ronda, se propondría releer sus discrepancias con un feminismo muy politizado. Y en las filas de este movimiento militaba la argentina Victoria Ocampo (su “Gioconda austral”) aquel ideal de mujer superior que habría inspirado sus teorías sobre la selectividad, sobre la mujer como inspiradora del hombre y sus audaces propuestas sobre el amor lícito e ilícito”.

Pero, sin duda, el texto que mejor refleja la posición del último Ortega… es el que escribió en una crítica a la Biblia del feminismo moderno, el libro de Simone de Beauvoir, El Segundo Sexo (7). A la pensadora francesa le reprocha Ortega su oposición y rechazo a que se considere a la mujer como constitutivamente referida al varón, por ser ello –existir en otro– incompatible con la idea de persona, la cual radica la libertad hacia sí mismo. “¿Cómo una inteligencia tan lúcida como la de Ortega, pudo confundirse tanto con respecto al ser de las mujeres?”, se pregunta extrañado Álvaro Pombo al comentar su crítica al libro de la filósofa feminista francesa. En su comentario el novelista y académico reprocha a Ortega con razón que “lo grave de sus descripciones de la mujer, esparcidas por toda su obra, consiste en que, bajo su apariencia descriptiva contienen, formuladas en ese emotivo lenguaje preciosista que Ortega adopta para la ocasión, un tono prescriptivista inconfundible: Ortega no describe a la mujer, sino que prescribe, como varón facultativo que es, una esencia para la mujer” (8).

Sacramento Martí, por su parte,también criticará las opiniones contradictorias que nuestro ilustre pensador vierte en sus escritos sobre la mujer en general y en los ensayos recopilados en los Estudios sobre el amor en particular. Desde afirmar que “la suprema misión de la mujer sobre la tierra es exigir la perfección del hombre”, hasta defender que “el centro del alma femenina, por muy inteligente que sea la mujer, está ocupado por un poder irracional”. Sin embargo, esto no impedirá que Ortega defienda la idea de que las mujeres han sido el motor de la historia. “Pero Ortega, coherente con su idea de que las mujeres intervinimos en la historia por caminos que, como los del Señor, son inescrutables”, niega que la mujer pueda influir y actuar en la sociedad por los mismos cauces que el varón, esto es, la política y la instrucción (9).

Sacramento Marti Vallbona

Las ideas que sobre la mujer tuvo Ortega, eran, efectivamente, las convencionales en un pensador poco avezado en el conocimiento de la mujer de su época y bastante antifeminista, ¿apoyado en más de dos milenios de androcentrismo cultural y moral? Pero, la pregunta pertinente es esta otra: ¿Cuál era la mujer –el tipo de mujer- de la que hablaba en realidad nuestro filósofo? ¿Hablaba de la mujer proletaria, se pregunta María Luisa P. Cavanna,“que desde el siglo XIX ganaban su salario en sectores de trabajo muy duro y agotador como la minería o las fábricas textiles”? (10). ¿O se trataba de la mujer empleada en la modalidad de trabajo “a domicilio” que por aquel tiempo ocupaba a buena parte de la mano de obra femenino disponible; un trabajo que consistía principalmente en labores tan etéreas como los bordados, vainicas o encajes que luego habrían de adornar a las damas postineras, pero que en los que las operarias se dejaban materialmente su pellejo? Sacramento Martí nos recuerda a este respecto datos e informaciones contundentes aportados por Margarita Nelken sobre la situación sanitaria de la mujer trabajadora en los comienzos del siglo XX:

“No estará de más traer a colación los pasajes que Margarita Nelken, contemporánea de Ortega, dedica al respecto en “La condición femenina en España”. Allí se recogen datos publicados en 1918 por el Instituto de Reformas Sociales, que hablan de 2500 obreras tísicas en Barcelona, de las que 1600 eran costureras a domicilio. Para Madrid se da la cifra de 900 mujeres muertas por esta causa, añadiendo textualmente dicho informe que “entre las obreras, la tuberculosis pulmonar se desarrolla de modo espantoso a causa de los procedimientos malsanos y de las condiciones antihigiénicas del trabajo a domicilio” (11).

Recordemos, asimismo, que por aquellos años –– apunta Sacramento Martí —- se iniciaba en España una industrialización, que habría de lanzar a las mujeres al mercado de trabajo en la peor de las situaciones imaginables, tanto por lo miserable del salario como por la doble jornada del trabajo fabril y doméstico. Tampoco habría que olvidar que la alta tasa de crecimiento de población de principio de siglo implicaba que una buena parte de las mujeres pasara los años fértiles de su vida empalmando un embarazo con otro. No, la mujer en la que se fija Ortega es otra. Ignora la realidad de las mujeres proletarias. Como denuncia la historiadora valenciana, podríamos afirmar que Ortega hablaba, en realidad, de y para las mujeres de la alta sociedad, cuyo “hacer sin hacerlo, simplemente estando, siendo, irradiando” reposa sobre las espaldas de sus criadas, doncellas y nodrizas. Una mujer de apariencia débil y elegante que no debía trabajar fuera del hogar y mantenida por su marido, del cual dependía totalmente. Una mujer frívola ocupada, en todo caso, y preocupada fundamentalmente de la moda (uno de los grandes temas femeninos del momento), temática ésta asaz banal e intrascendente, pero que, al parecer, fascinaba a los más ilustres pensadores germanos de la época y de la que se discutía en la “Revista de Occidente” (12).

BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS

1. El prototipo de mujer con rasgos más vitales y estímulos emancipadores que se iban perfilando en la Europa de su tiempo y cuyo rumbo lo estaría marcando el inconformista noruego Enrique Ibsen con su “Casa de Muñecas”: donde su heroína exigía el derecho a ser feliz y crecer libremente.

2. Marta Campomar, “Victoria Ocampo en la cultura del amor de Ortega y Gasset”, Revista de Estudios Orteguianos, Nº 3. 2001, p. 214.

3. J. Ortega y Gasset, “Divagación ante el retrato de la Marquesa de Santillana”, en: OC II, 1918, p. 226.

4. Ibid, p. 229

5. Revista de Occidente, 1de julio de 1923. IV, 429-437.

6. Marta Campomar, “Victoria Ocampo en la cultura del amor de Ortega y Gasset”, Revista de Estudios Orteguianos, Nº 3. 2001, p. 211.En este epígrafe seguimos y extractamos alguna de las reflexiones al respecto de su ensayo.

7. Sobre la crítica de Ortega a la obra de Simone de Beauvoir, vid. J. M. Osés Gorraiz, “La mujer: Ortega frente a Simone de Beauvoir”, en Actas de las VII Jornadas de Investigación Interdisciplinaria del seminario de Estudios sobre la Mujer de la Universidad Autónoma de Madrid, Prensas Universitarias de la UAM, 1988, Vol. I, pp. 43-65.

8. art. Álvaro Pombo, El País, loc cit.

9. Sacramento Martí, “Misóginos, cínicos y benevolentes. Ortega y Gasset”, “El País”, jueves, 30 de mayo de 1985

10 Maria Luisa P. Cavanna La filosofía desde un punto de vista androcéntrico.

11. Sacramento Martí, op cit.

12. Ibid.

ÍNDICEORTEGA Y GASSET, LA SEXUALIDAD, EL AMOR Y LAS MUJERES

Tomás Moreno Fernández

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