El amanecer con humo. Benalúa de las Villas… Hijos Dulces de Dios (XII-A)

Capítulo X I I Del otoño dador de frutos, de ariegas, y “¡aaaar!” tostaillos…

Terminadas las fiestas, el pueblo quedaba como saturado de ocio,
algo a lo que no estaban muy acostumbrados.

Ahora tocaba, otra vez, duro trabajo en sus fincas y campos. En la
estación, quizá, más sosegada y tranquila: el Otoño, caracterizado por
la cantidad de frutos que la naturaleza da.

Es etapa en la que la luz solar es menos directa, la inclinación de
los rayos solares sobre nuestra Tierra, son más oblicuos, hacen que la
luz cambie, que el ambiente reinante sea otro. Hay trabajo por desarrollar,
pero éste se presenta más relajado que la anterior vorágine del
verano.

De lo que ya sólo resta, retirar de las eras las granzas para aprovechar
en la ceba y engorde de los cerdos matanceros. También se retira
el sombraje que tantas horas de descanso dio a agricultores y mozos
y les reservó del infernal calor del verano benaluense. Hay que retirar
igualmente, horcas, bieldos y palas así como otros aperos de los muchos
necesarios como eran los trillos, anterroyos, y los tiros… y todo
guardarlo en el pajar.

El pajar, almacén muy apropiado para tales herramientas, alejadas
de humedades y de deterioros, ya que, por ser artesanales, la mano de
obra que se dedicada a su construcción era ya escasa.

Recuerdo, como algo muy curioso, lo que una vez me reveló Juan
Manuel, apodado “Chirrivitor”, de todos conocido por ser hombre
avispado en la mecánica, electricidad y de los hierros gran artesano
y forjador. Me contaba, como gran secreto profesional, el motivo del
porqué todos los trillos que él y su padre, Juan Manuel, hacían, jamás
arrollaban la parva cuando trillando estaban. El resto de trillos sí la
arrollaban, viéndose obligados a parar la faena, quitar el montón de parva que ante tal máquina trilladora se formaba. Como digo, me reveló
el secreto con promesa de que no lo revelaría y creo, ya, haber
cumplido si ahora en este papel lo transcribo y transmito ya que nadie,
ahora, fabrica ni forja trillos.

Era un descubrimiento efectivo que ayudaba en la gran faena veraniega,
al no presentar problemas añadidos… y dicho invento, era
sencillo y simple, pero no por ello deja de ser interesante, como lo
fuera en su día el invento de la fregona o del palo del Chupa Chups.
Por todos es sabido que los trillos están compuestos de una serie
de ejes bajo una estructura, que suele ser de madera y donde una silla
va. En los ejes dispuestas van una serie de ruedas dentadas que, con
su forma, trituran las mieses, sometidas a su paso por encima de estas
y reduciendo a paja el tallo y desgranando la espiga.

Riquísimas moras de zarza… conocidas como zarzamoras.

Un trillo puede tener de seis a ocho ejes puestos debajo de la
estructura del trillo y cada eje, suele llevar de ocho a diez ruedas dentadas.
Según tamaño del aparato. Esas ruedas dentadas de los trillos,
eran todas de igual diámetro.

Pero las de Juan Manuel Padre y Juan Manuel hijo, alias “Chirrivitor”.
¡No eran de igual diámetro entre sí!. De tal forman las fabricaban,
que el primer eje de ruedas tenía un mayor diámetro que el
siguiente, que a su vez era mayor que el tercero y así hasta el postrero,
que ahí es donde el diámetro, más pequeño era.

Entre ellos variaba pocos milímetros. Los suficientes para que la
mayor envergadura de las primeras ruedas colaborarán en no hacer
arrollamientos de la parva.

Y cierto que es, y yo, cuando hube sabido tal secreto artesano de
los forjadores, lo comprobé, y vi como era cierta su eficacia. Era tan
tenue la variación de los diámetros entre ruedas, que nadie percibía en
qué consistía el tal invento. Aunque muchos de la competencia intentaron
hacerse con ello, jamás lo consiguieron.

Continuaba el Otoño, el tiempo avanzaba con sus madrugadas de
incalculable y agradable disfrute.

El, ya, más fresco aire mañanero, hace que el abrigo nos sea más
necesario, aumenta algo la humedad del alba, cuando las yuntas y
gañanes a levantar los rastrojos van, a la necesaria ariega de renovar y
remover con el arado la tierra para oxigenarla, y que el humus, en ella
habido, se desdoble y deje sobre la misma el alimento que la futura
semilla en él enterrada por las manos del sembrador, fructifique con
fuerza y vigor.

Los campos, de forma lenta, van adquiriendo y cambiando su color
blanquecino de rastrojos de cebadas y trigos por el más oscuro de
tierra que al ser volteada por la reja del arado presenta el color de ésta.
Presenta aspecto de tablero de ajedrez, sobre el que el labriego
mueve las fichas a su debido tiempo, para que el juego de su trabajo y
sudor, sea triunfante, al lograr cosechas abundantes y selectas
El ritmo del tiempo, de otra forma se presenta. Las yuntas y gañanes
a dar la “mañaná” van.

Unas cuatro horas, algo más, desde la siete hasta media mañana
en que el gañán, desunce el ubio de los cuartos delanteros de los mulos
que, previamente, ha desenganchado del ejero, al sacar la lavija de delante de los barzones, que con el empuje de las bestias, hacen hundir
el arado en la tierra, rompiéndola en mil terrones. (mantas, anterroyos
o colleras, uncideras, ubio con sus costillas, ejero, lavija, barzones,
ronzales, manceras, bestoba, teja de arado, cuchilla, llave de volteo
etc.. Es el conjunto de herramientas y piezas que forman el grupo
necesario de un arado y sus aperos de tiro complementarios)
Marchan, reatados, uno tras otro por el ronzal unidos y el gañan
cansado de la larga “mañaná”, sobre las mantas se recosta, que de
relleno sirven entre el ubio y el cuello del animal. Dispuestas sobre el
lomo de uno de los mulos, cabalga éste hasta el pueblo, donde descansar
y evitar el fuerte calor del centro del día y esperar a que, refrescando,
llegue la “tardeá” para reanudar faena. Después de una opípara
comida y la obligada siesta.

Cuatro largas horas de descanso en el pueblo y, ya de nuevo en la
besana dispuesto a seguir barbechando el terreno.

Arreando la yunta, animando, guiando con sabio lenguaje a ésta,
que sólo él y los dos animales conocen, para lograr un profundo y
recto surco. En cantos y canciones espontáneas, del que guía con las
manceras el aparato romano con que ara la tierra.

Distrae el tiempo el gañán labriego que, cuidadoso de sus dos animales
de tiro que tiene, cuida mucho que cada hora de ariega unos
quince minutos de descanso da a aquellos, y a sí mismo.

Muchas veces, aprovechado ese tiempo de paro, visita alguna higuera
cercana, alguna vid perdida en balate lindero o un membrillo
cargado, para premiarse con la degustación de algunos de sus frutos.

O bien el melonar de al lado, tomar un melón de la última flor salido y que llamamos “zocatos”. No por idealismo así nombrados, sino más bien, por
sus hechuras, un tanto deformadas.

Estos melones “zocatos”, de tarde en tarde, alguno de ellos salen muy dulces y de delicado sabor. Igual pasa a los pequeños zarcillos de uvas que en las parras encuentra uno en estas tardías fechas.

Jamás comí uva más buena y dulce, la que una vez encontré en vid perdida entre maleza, en una cercana vereda.

Huerta de Otoño en Benalúa. Octubre 2020.

En los, aún, largos días otoñales, las múltiples tareas que demanda el agro son muchas y por ser época idónea en esta estación del
año se prestan los campesinos en la mejora de sus tierras, retirando
piedras de sus fincas, abriendo zanjas de drenaje en los distintos puntos
que humedad tenga y que dificulte la labor.

Es en esas zanjas (tarea muy artesana, sabia e inteligente) donde
entierran las piedras halladas en la finca; en su parte baja, una especie
de atanor o cañería forman, por donde habrá de discurrir el agua que
vendrá a ocupar los espacios entre las piedras, venida por gravedad de
la zona húmeda, a través de la cual se ha proyectado el drenaje. Antes
de enterrarlas, las cubren de alguna lona vieja o hierbas, al objeto de
que asiente la tierra y no penetre entre los huecos de aquellas, que son
el espacio que queda para ser ocupado por el agua.

Enterrar las piedras que en la finca se recogieron e introducirlas
en las zanjas para que sirvan de drenaje. Doble fin logrado en un sólo
trabajo que hace que el exceso de humedad acabe en la parte más baja
de la finca el agua sobrante, dejando en este acto para su labranza y
siembra la tierra preparada.

Por el contrario, es momento también de con artesanal maestría,
buscar aguas de riego. Con excavaciones a mano con azadón, azada
y pala, logran pozos o zanjas, contando tan sólo con rudimentarias
herramientas y, para el destierro, no más que unas pequeñas espuertas
de esparto, especialmente hechas para ello. “Esportillas terreras” se
le denominaba a aquellas.

Es raro que, cuando la yunta “suelta” de estar arando y ya terminada
la jornada, no se aproveche su vuelta al pueblo para algún
canasto de higos, membrillos u hortalizas de cualquier clase a la casa llevar. Para gastar o para echar en conserva con sistemas antiquísimos
que saben y guardan con celo, las mujeres del pueblo.

Higuera… al fondo la fuente Castejana.

[Continua la próxima semana]

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Gregorio Martín García

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