Conjunto que nos animaba la verbena. Foto cortesía de Ramón Ortega García.

El amanecer con humo. Benalúa de las Villas… Hijos Dulces de Dios (XI-F)

Aquello no tenía cinturones de seguridad, aquello no tenía la más mínima sujeción y así funcionaba, sin que autoridad alguna inspeccionara nada, y poco sucedía para cómo discurrían estas aglomeraciones.

Al libre albedrío, sin más limitaciones.

Creo yo y creo que con acierto, que era debida la escasez de accidentes, a causa directamente ligada a la forma de vivir entonces. Más relajados, y la vida más despacio caminada. Con estas garantías el

vigilante del columpio, el doble pedía por arriesgar la vida. Junto a las barquitas otro columpio giraba, se llamaba “Las Volaeras”. Este carrusel tenía una serie de sillones de chapa colgados con largas cadenas de la cúpula del columpio el cual giraba y giraba, empujado por chavales de la villa y pueblo de Benalúa que, por poder pasear un rato en tal cacharro, prestaban sus fuerzas vigorosas de niños embaucados. Tras un rato de empuje, y cuando se disponían a “cobrar”, haciendo uso del aparato, estaban tan rendidos y agotados que no lo disfrutaban.

No se cómo serían engatusados los niños que el empuje nunca le faltaba al columpio. Al girar las volaeras, estas se desplazaban y abrían, por efectos de la centrífuga fuerza, aumentando enormemente la circunferencia ocupada.

¿Qué habría ocurrido, si uno de aquellos rústicos e incómodos asientos se hubiera escapado? La fuerte vigilancia y control técnico y policial en la época presente, harían totalmente imposible la instalación y uso de estos peligrosos artilugios. La animación y la alegría ya estaba en el ambiente.

Las fiestas se diría que ya estaban marchando bien en el primer dia, se adivinaban buenas. Las calles del centro estaban concurridas por gente de todas las edades, paseando, curioseando y, algunos, bebiendo en los bares cercanos y en la barra de la verbena que ya funcionaba. Otros, curioseaban en grupos de amistad y buena armonía, ocupando balcones y ventanas y alguna terraza que, por su privilegiada situación, tenían vistas a la calle o a la plaza, donde la gente transitaba, donde con alegría participaban de sus patronales días.

Realmente, y de forma muy sencilla y llana, valoraban entonces las fiestas nuestros paisanos. Durante el año no había apenas nada, solo trabajo; de lunes a domingo, en horario y jornada prolongada y, casi todos los días, horas extraordinarias ¿Qué habrían pensado de los fines de semana? ¿Qué opinión de ello tendrían?

Eso, razón de más para apreciar y valorar los días de ocio y fiesta que se disponían a pasar. Que en realidad, había, mucho de paseo, mucho ver y mirar y consecuentemente mucho para charlar y “cuchichear”.

Consumo, más bien poco, con raras excepciones.

La liquidez no era muy normal, ni fluidez había para poder hacer gasto superfluo. Era por ello que se practicaba mucho el sano ejercicio del paseo. Y, como allí decíamos, “el golismeo”.

Hito de la vida del pueblo eran las fiestas patronales. Tal importancia tenían que, en sus relaciones cotidianas de comunidad, había “un antes y un después” de tan esperado evento.

El conjunto musical de la verbena, ocupando su elevado y destacado escenario, bien vestidos y uniformados, jersey verde con cuello de pico sobre camisa de impecable blanco, formaba conjunto con un pantalón blanco, rematado por brillantes zapatos del mismo color. En el pecho un bonito pin de su orquesta, que “a duro” vendían.

Se disponían a comenzar y estrenar sus actuaciones musicales con la vespertina función. Uno de los guitarras, llamando la atención del respetable, en repentina salida con sus dedos rasgó en las cuerdas de su guitarra un sonoro y fuerte acorde que el recinto llenó, e hizo que los presentes a ellos dirigieran toda su atención, momento que aprovecharon para iniciar con su “sintonía de salida”. ¡Comenzaron!.

Un armonioso y bien conseguido sonido y ritmo, preña el recinto de cataratas de acordes y notas musicales e hizo que, todos los presentes, siguiendo el compás sonoro, en rítmicos vaivenes a sus cuerpos sometieron, emulando bailes, recordando danzas y, con sus pies y manos, marcando el ritmo de las bailables piezas, que ilusionados disfrutaban.

Los encargados y camareros del “charlé” (así se conocía en Benalúa, la verbena o recinto de baile) muy ajetreados estaban, preparando y poniendo todo a punto. Pero algo se les notaba que no eran los lógicos nervios del comienzo de su trabajo, en aquel efímero negocio para unos días montado. Algo les preocupaba, sus movimientos eran bruscos, no por la prisa que se traían con la colocación y organización, sino que se mostraban algo malhumorados.

Momentos antes y en ocasión de ir previendo la forma de despejar el recinto para comenzar la venta de las entradas; y organizando éstas por tacos numerados dentro de una caja de madera a tal fin preparada par ausar en taquilla, se les acercaron un grupo numeroso de mozuelos, de los más representativos de tal edad y gremio juvenil y, dirigiéndose a los responsables de la pista de baile, le mostraron su gran descontento por el precio que habían puesto a las entradas, así como les hicieron partícipes de una preocupante advertencia que nada les gustó, podría irse al traste las esperadas ganancia de aquel trabajo en que se habían arriesgado.

Los mozos les expusieron sus quejas. “Un duro” por entrada es una barbaridad y que se habían “pasado”. Años anteriores, los precios más elevados nunca habían rebasado las tres pesetas y media.

“Si no quitáis esos precios no vamos a entrar nadie… ¡Ya lo sabéis!”, les advirtieron.

Y se marcharon, dejándoles preocupados. Es que cinco pesetas eran muchas pesetas… ¡un duro! cuando en un peón en el campo se ganaba de quince a diecisiete pesetas.

Los dos organizadores se preguntaban qué harían. Decidieron aguantar y ver que pasaba, no podían rajarse a la primera. La mayoría de vecinos marcharon a cenar, querían estar pronto en la puerta de la Posada, donde se quemaba el castillo, hogaño.

La calle quedó algo despejada, la música del conjunto, viendo la gente que reducía en el recinto, hizo un descanso para tomar algo que les mantuviera la larga noche esperada, ellos sabían y temían que duraría hasta la madrugada.

La gente de los pueblos, comentaban entre ellos, cuando bajaban del escenario, tras haber colocado en lugar adecuado sus instrumentos. Son muy brutos, tienen verbena de tarde en tarde pero cuando la tienen hasta el alba están.

Estaban las agujas de los relojes marcando las diez y media algo pasadas, los mejores puestos de observación para ver el castillo, estaban ya ocupados. Tampoco la gente en ese evento ni empuja ni se acerca demasiado.

El respeto y temor a los cohetes “rateros”, a alguno defectuoso, o a los llamados “buscapiés”, que al cohetero de Motril le gustaba de éstos meter en las tracas, con distintos destinos inesperados hacen a la gente correr. Le gustaba al cohetero dar bromas con eso.

Casi todo el pueblo espectador fue de la quema y disparo del bonito castillo. Que ya no era tal, sus formas y estructuras habían cambiado y las ruedas pirotécnicas los petardos y otros cohetes colocados en artilugios varios, los repartían por la extensión necesaria con un palo clavado en la tierra.

Uno de esos raros artificios que llenaban de cohetes atados a él, consistía en la formación con fuego de un gran cuadro marcado con bengalas y continuos cohetes que remataban con uno que de hábil manera colocado se abría una estampa en donde aparecía el Patrón San Sebastián Martirizado, siendo centurion de las legiones romanas. Esta pieza pirotécnica agradaba especialmente a las mujeres de cierta edad, aunque en general todos los presentes disfrutaban del mismo.

Solían quemarlo inmediatamente antes del “cohete gordo” final. Así lo llamamos todos. Ocurrió este año que los paisanos distraídos con la quema del castillo, sólo algunos observaron que nube muy negra de carácter tormentoso se estaban formando en la vertical del pueblo. Los entendidos del tema pronosticaban que en breves minutos una gran tromba de agua se había de descargar del negro nubarrón que, a modo de tapadera, cubría y ennegrecía todo el pueblo, ahora algo más iluminado en el centro por unos pocos arcos de luces de colores que adornaban algunas calles.

La estampa de San Sebastián ya había caído y desplegado, eran sus últimos segundos de efímera luz de la pólvora quemada que iluminó aquella estampa que mucha gente admiraba.

Fue acabar la quema de dichas pieza y había bastantes que corrían hacia atrás, otros andando rápido se alejaban del centro y había los que despistados no se enteraban a que se debía tal espanto.

Otra de las carrozas decoradas para las fiestas.

Al prender el “Gordo” el cohetero, siempre a este se acercaba agachado, no se por qué, si una vez llegado a él había de empinarse para acercar la mecha, altura buscada a propósito por cuestiones de seguridad.

La mecha del bombazo final era tan lenta en su discurrir hacia el interior del cohete que había de prender, que dicha acción a muchos cogía despistados y fuerte zumbido sorprendía por fuerte, por bárbaro y exagerado.

Este año sonó como todos. Cristales y paredes de los alrededores temblaron… y he aquí la gran sorpresa: la onda expansiva del tremendo cohete sirvió de desequilibrio de nubarrón de la tormenta que, unos metros más arriba cubría todo el cielo y, estando a punto de descargar, las ondas expansivas del barrenazo fueron motivo para que aquella,

Otra de las carrozas decoradas para las fiestas. Benalúa de las Villas Hijos Dulces de Dios – 336 – furiosa soltara toda el agua que sus nubes tenían… Cayó un aguacero que, en pocos minutos, comenzó a inundar caminos y calles, y por muchas puertas y ventanas de viviendas entró mojándolo todo y dejando grandes charcos de agua que, la noche de la víspera de las esperadas fiestas, para más de uno en vez de baile hubieron de hacer de bomberos.

Antes de terminar el castillo. Ya en la puerta de la verbena había un grupo de jóvenes, dispuestos a poner en práctica el desacuerdo que mantenían con los precios de la entrada a la pista de baile: ¡No dejar entrar a nadie de los jóvenes!

Encarni, “La Pinina” y Montse, en las fiestas de Benalúa’73. Foto cortesía de Laura Romero García.

En aquellos años eran tan caballeros y galantes, que sólo pagaban los chicos que se suponía entraban a bailar o a intentarlo. No pagaban las chicas, ni los matrimonios, de éstos, algunos, los más jóvenes, sí bailaban, pero se les consideraba de tal grupo y ese estaba exento de cargo alguno.

Esta costumbre era antigua, venía arrastrada desde muchos años atrás. Algún otro pueblo vecino también lo practicaba.

Era costumbre con la que nunca estuve de acuerdo, al igual que otros, porque no era cortesía, era algo menos galante menos cortés. Era que, como los dimes y diretes de aquellos tiempos eran lo que eran, las chicas tenían cierta resistencia a entrar las primeras en los bailes. Como todas pensaban igual ante esta postura, que tiene bastante más de arraigo social negativo de lo que se pudiera pensar se creaba un problema: la fiesta no empezaba por falta de ellas.

La sala permanecía bastante tiempo, sólo con el género masculino.

Era tan ridícula la postura adoptada por las féminas, que aún estando deseando bailar, se mantenían paseando de un extremo de la calle hasta las proximidades de la sala llegando a cada vuelta más cercanas a la entrada .

Así podían estar hasta varias horas. Cuando alguna o algunas de ellas se decidían y, jugándose futuras críticas de días siguientes, entraban. Las demás. ya era coser y cantar, el camino estaba hecho, limpio y despejado.

Increíble costumbre, vista desde ahora, antes no tanto. Pero que absurda postura, que situación más irracional e infantil. Hasta visto desde este ángulo del tiempo parece imposible que esas absurdas posturas se den en sociedad.

Una vez dentro del baile, éste se desarrolla más o menos “casi normal”, pero digo casi, porque allí en la sala también había un ambiente algo extraño, unas actitudes algo raras… pero repito, vistas desde este ángulo del tiempo pasado.

Allí, vividas y practicadas, eran naturales. Hay que haber estado en aquel tiempo, dentro de la comunidad, para poder comprender y entender, los raros entresijos que a veces la movían, la gestionaban, y se nos presentaban a los que sí las vivimos.

Podía llegar el caso de ser esclavo de una absurda e impertinente costumbre de éstas. Temiendo consecuencias derivadas que podrían terminar con la libertad personal e individual de la persona víctima. La entrada de la verbena, seguía presentando el conflicto de taquilla. Había un gran grupo de jóvenes en la puerta acumulados y, cada vez que alguno intentaba dirigirse a la taquilla, venía el abucheo. Algún testigo del hecho que sucedió, podría aventurarse a decir, sin temor a equivocarse que, en el grupo, había más de los que querían entrar que de los de quedarse.

Algún empujón, algún malentendido. Hasta que uno más decidido plantó cara al problema, sacó su entrada, contra alguna opinión y la noche de baile fue extraordinaria, la gente se divertía, todos bailaban y ahora sólo preocupaba a los dos organizadores, atender bien a los clientes y reparar en algunos de ellos, sobre todo algún matrimonio ya entrado en años que pidieron una Coca-Cola cada uno en una de las mejores mesas.

[Continua la próxima semana]

ÍNDICE

Capítulo XI-F Del sosegado otoño, “ahoyar” el pajar, rastrojeras, fiestas

Capítulo XII Del otoño dador de frutos, de ariegas, “¡arrr!”, tostaillos

Gregorio Martín García

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