Momento en el que la bella dama pone la cinta a un participante de la Carrera de Cintas. Foto cortesía de Mari Luz Romero García. (Restaurada y coloreada con IA)

El amanecer con humo. Benalúa de las Villas… Hijos Dulces de Dios (XI-G)

La orquesta hacía ya el octavo descanso y al buen matrimonio de aquella mesa, aún le quedaba en la botella, más de un buen trago. Eso traía a los dueños muy preocupados, porque si hubiera varios clientes de éstos, la nómina de unos cuantos camareros se habrían ahorrado.

La noche, a excepción del gran chaparrón, fue divertida y, en ella, había y se notaba, eso que se dice de las tormentas una vez acabadas: “Después de la tormenta viene la tranquilidad”. Pues eso, se notaba la quietud y el olor a tierra mojada.

Todo bien, a excepción de la frustrada protesta de algunos mozos, contra las papeletas para entrar.

Eran las tres de la madrugada, algo más quizá. Los paisanos benaluenses, como buenos ahumaos, todos, aún seguían el ritmo de la fiesta y, en la verbena, se vivió una divertida función de canciones del momento que Los Capri interpretaban con acordes de guitarras, saxo y acordeón y el magnífico batería de baquetas amaestradas, que hacía vibrar el ambiente.

El paseo y el regocijo en la calle, se iba animando, el ir y venir por ella, buscando aquel bar o la churrería para tomar la última y dar por finalizada la jornada de víspera de fiesta.

Mañana sera otro dia, el “Día Gordo”, le decíamos. Los noctámbulos se iban retirando. Más de las cinco eran y todavía Los Capri desgranaban canciones a toda la pista llena de danzarines. No obstante ya eran menos.

Llegaron las siete o las ocho, ya del entrante día tras la noche vivida y por allí quedaría alguno cargado de alcohol o jóvenes enamorados contando sus hazañas y conquista de su pretendida. Aquella chica que le gustaba y para declararse a ella, así mismo se impuso, como meta las fiestas de este año.

Por lo demás, todos dormían… Menos esos jovenes que habían contratado a la orquesta y, tras terminar la función, marcharon a echar dos serenatas, con el alba y dedicarlas a sendas chicas que trataban de conquistar.

Que bien suenan, en la quietud de la noche… bonito regalo para esa mujer a la que va dedicada.

Las calles donde se encontraban los tenderetes de la fiesta, así como la verbena, amanecieron limpios y baldeados. Los paisanos todos dormían. Por dos razones de peso: el trasnoche pasado y para hacer acopio para el que les venía.

Hoy, “Día Gordo”, había actividad: la gran Misa solemne en honor de San Sebastián, el Patrón.

Terminada ésta, habría función vermut en el “charlé”… Esta sección de canciones, por Los Capri interpretada, solía ser buena, pues se esmeraban. Por lo general no se bailaba, era un concierto de lo mejorcito que la orquesta llevaba en su programa.

La barra y mesas de la plaza se llenaban, la orquesta, tras un rato tocando, daba paso a los del Ave María que, hacían un buen recital de marchas, que el público agradecía.

Ya, algunos miembros de la banda, como cada año hacían y acompañados de amigos, de los que en el pueblo ya tenían, por la mañana temprano y antes de misa, iban a los campos del pueblo y hacían acopio de almendras, uvas, higos, membrillos y muchas más cosas. Los chavales preparaban una caja bien dispuesta con todo aquello “robado”, pero sólo a medias, ya que los propietarios, si daño no le hacían en los sembrados, perdonaban el extravío de lo que los músi-

Momento en el que la bella dama pone la cinta a un participante de la Carrera de Cintas. Foto cortesía de Mari Luz Romero García. (Estado original de la foto)

cos hubiesen distraído. Y esa caja llevaban para su familia en especie de regalo que el chaval les hacía… Y bien que lo agradecerian, porque la gente de la capital por esas cosas se “pirran”.

Las cintas, a las cinco se celebran, en la puerta de la Posada, corridas con bicicletas que, ante la gran asamblea de gente, los ciclistas se empeñaban en coger en una de las pasadas, aquella verde que hay en el centro del alambre que entre dos postes la calle cruzaba.

Ya ha sabido de buena fuente que ésa es la bordaba por la niña que le tiene enamorado… Por el contrario, aquel otro, va a ensartar la blanca que con hilo verde y rojo tiene bordado con esmero una rosa tan bonita como la chavala que la bordó.

Cada corredor de cintas tiene su predilección y, que cosa mas bonita, que cuando en su puntiagudo palo ensalta la bella cinta y volando al viento, es portada por el ciclista, al lugar que ocupa aquella que con cariño la bordó y tras saludarse (los tiempos imponían sus costumbres), se daban las gracias mutuas y sus miradas expresaban cosas, muchas cosas ocultas.

Al tiempo que cazada la cinta, que cruzada en el pecho la chica le impone, los músicos del Ave María en alegre melodía festejaban el triunfo de aquel corredor. Sano y bello ambiente el logrado por la “carrera de cintas” que emula tiempos pasados de justas, combates y torneos de caballeros armados de espadas, corazas y escudo.

En el tiempo en que se desarrollaba la “Carrera de Cintas” había un grupo que, algo entendidos, elevaban bonitos globos y fantoches, dando un colorido muy especial y distraído a la vespertina fiesta.

También el cohetero se encargaba de animar disparando, cada corto tiempo, cohetes al aire.

Ya comenzada la noche con su pardeo, la tarde ya acababa, el sol se fue hace escasos minutos. Los asistentes al acto, terminado éste, marchaban también presurosos, pues habrían de ponerse sus vestimentas para procesionar al Patrón. Acto cumbre de las fiestas y en donde los vecinos de “Benaluga” lucen sus mejores trajes.

Nuestro querido Patrón, San Sebastián ::GM

Era intencionadamente a propósito que la procesión saliera cuando en la calle sólo alumbraran los arcos de luces festeros, alguna bombilla de cualquier esquina y la tenue, pero cálida y bella, luz de las estrellas, que prestaba encanto y magia a la procesión y paseo de nuestro Patrón por el pueblo.

Ésto era más apreciado cuando el desfile procesional, al final de la principal calle del pueblo a su izquierda giraba y, pisando carretera, paralelos al río y sus alamedas (entonces huérfanas de construcciones y de naturaleza llenas) prestaban a la comitiva un tramo de más recogimiento y silencio.

Silencio que tan sólo rompía el capricho del que delante iba disparando cohetes y los dirigía al oscuro soto de álamos, explosionando de tal manera que producía extraños ecos y sonidos, haciendo salir de su sueño a miles de pájaros asustados que formaban inmensas bandadas. Apenas las nueve y media eran… las de la noche, y ya campanas al vuelo avisaban a todo el pueblo con repique y cohetes que la procesión en media hora saldría.

La puerta del templo estaba a tope, allí había expectante pueblo y medio. El uno por los vecinos y el medio por los visitantes, de pueblos cortijos y comarcas de los alrededores y, muy especialmente de “Las Provincias” o “Cerro de Cauro”, un pequeño núcleo poblacional, muy tranquilo y seguro para vivir, entre Benalúa de las Villas y Colomera y que gustaban mucho de visitar nuestras fiestas.

El Santo Patrón sobre sus andas adornadas con flores rojas, en alusión a su martirio, se encontraba tras la puerta principal. Bajo Él, los anderos que, expectantes, esperaban el momento en que les avisaran para salir a la calle desde el quicio de la puerta parroquial, acto éste emocionante que procuraban ornamentarlo con ruido y sonido que golpeaba a la par del corazón del pueblo.

La del Ave María, formados los chicos estaban en la explanada de la misma puerta eclesial y “algo muy de todos los años”: he ahí al Sr. Alguacil, D. Eduardo Adalid, en el mismo punto y sitio que todos los años y con el mismo artefacto en su mano que, elevado hacia el cielo, esperaba el exacto momento en que San Sebastián Bendito, traspasara la puerta y su imagen se presentara ante todos.

En ese mismo instante, en ese mismo momento el “Agalí” prendía una gran “palma real” de fuegos de artificio, su forma de disparo su ascenso en el cielo, por infinidad de cohetes al mismo tiempo lanzados, explotaban todos seguidos y, en verdad, elevaban en muchos grados la emoción del momento, reforzada, y mucho, por el Himno Nacional que la banda del Ave María, dirigida magistralmente por D. José Ayala Canto, armónicamente interpretaba.

Se fundían, cohetes y notas, acordes y aplausos, con “Vivas” a San Sebastián y, era cierto que, el momento era de importancia tan única que merecía vivirlo, por sólo recordarlo. Era un culmen de costumbres, una cima de emociones y los usos y oraciones dedicadas a la imagen venerada, del Santo Patrón.

Los aplausos no cesaban, los “Vivas” persisten ante la Cruz Guía (o Manguilla, como en el pueblo la conocíamos) flanqueada por dos cirios sobre asta de metal, con sus correspondientes monaguillos cabeza y guía de tan asistida procesión.

La Cruz, en el centro de la calle, marcaba el recorrido, los ciriales a ambos lados y laterales de las calles eran seguidos por sendas y larguísimas filas que comenzaba con los niños y niñas y continuaba con las mujeres, casi todas con velas en la mano, las cuales prestaban a la comitiva una especial y singular visión, en la penumbra de la noche y la escasez de luz del pueblo.

Llevando a San Sebastián. formados: alcalde en el centro y a los lados los concejales

Inmediatamente terminadas las filas de mujeres, el Santo ocupaba lugar en el centro de las vías y, tras éste, el sacerdote en alba, estola, manípulo y capa roja por el martirio del Santo, yendo acompañando también, y tras el sacerdote, las autoridades del pueblo en columna. Tras la Corporación municipal, la Banda de música, siendo envuelta y seguida por los hombres de la localidad, en grupo no ordenado, pero sí con el debido respeto.

Recuerden que al final de los años cincuenta del pasado siglo estaban entonces algo maltrechas las finanzas y la fluidez. No era como ahora que de una mejor economía disfrutamos. Era, por ello, que la procesión no era muy adornada por fuegos de artificio, si se hacía, era por el ayuntamiento, además de que éstos también se hacían cargo de la contratación de la banda de música. La procesión seguía un itinerario muy antiguo que siempre se hacía por los mismos lugares y sitios. Una duración aproximada a las dos horas, con recorrido multitudinario de todos los vecinos, siendo la retirada del Patrón en parecida forma a la salida: Música con el Himno Nacional y nuestro querido alguacil que, con su palma real, como si fuera promesa, la disparaba todos los años a la salida y regreso.

Como crío, guardo esa estampa por dos motivos: uno por ser vistoso y emotivo y, otro, porque los cohetes a mi poca gracia me hacían… hacia ellos guardaba respeto hasta que un día, en la plaza del pueblo, haciendo de tripas corazón, en acto reflejo y no pensado, le pedí al cohetero uno y, después de en mi mano estar y haber prendido, unos segundos eternos me parecieron hasta que el cohete se elevó… esos segundos, fueron tiempo suficiente para arrepentirme de tal acción. Aunque no me debió salir muy mal, porque varias veces repetí. Y fue eficaz, ya que perdí el miedo al crujido del cohete, pero no al ruido de su ignición que era lo que más me impresionaba.

Los mayores y abuelos (aunque no todos porque algunos se quedaban) terminada la procesión a sus casas marchaban, aunque restaba mucha noche. Los demás se dedicaban a buscar sitio idóneo donde pasar la noche de diversión, hasta la madrugada.

Los Capri ya punteaban sus primeros acordes, los mozos con sus entradas de a duro, ya ocupaban la pista mirando a qué chica “abordar” para pedir sus favores en la larga noche de canciones que la banda comenzaba. El “charlé” estaba a rebosar, las mesas ocupadas, los camareros sirviendo, los músicos tocando y aquellos bailando, y en el cielo creían estar si a la que cortejaban y pretendían, al final les correspondía. Eran las fiestas semillero de varias parejas al año. La noche discurrió tranquila. Eran las seis y seguía a rebosar. No obstante en poco rato y como quiera que pica el hambre, la churrería visitaban y tras el chocolate de rigor, la mayoría se retiraba, dando por finalizado la fiesta del “Día Gordo”.

Era el postrero día el que ya amanecía, se despertaba melancólico, por ser último de fiestas… aunque aún quedaban personajes trasnochadores que, con desayuno festero o con copa de anís y café, permanecían despidiendo lo que para ellos todavía era el día central de fiestas, mientras que, para los recién levantados, ya habían estrenado el tercer y último día.

Hoy habría tiro al plato y fútbol, en ambos se ha de dilucidar quién sería el ganador de los trofeos ofertados.

La banda del Ave María, que en concierto vermut y, desde el árbol de la plaza, se despedirán.

Los Capri, que habían triunfado como buena orquesta, también esta tarde/noche harán su última actuación, terminando todo con un gran cohete “bomba” que a las doce daría su trueno, anunciando que las fiestas de “hogaño” habían terminado. Fue después, muchos años y con motivo de la instauración de la Fiesta de la Juventud como se ha relatado antes, se terminaban las fiestas con la quema del Toro Chispas que, en un alarde de tonos de luces, chispas y crujidos, salían de aquel toro de cartón donde, introducido un chaval, repartía cohetes y sustos a lo largo de las calles donde la gente se ponía a ver arder aquel artilugio que era atractivo y llegó a imponerse como algo de costumbre en la Fiesta de la Juventud.

Grupo de seminaristas de Benalúa

[Continua la próxima semana]

ÍNDICE

Capítulo XII Del otoño dador de frutos, de ariegas, “¡arrr!”, tostaillos

Gregorio Martín García

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