Final de otoño. tiempo de matanza. Aquí en el Cortijo Romeral. Foto cortesía de David “Boliche”. (Coloreada con IA)

El amanecer con humo. Benalúa de las Villas… Hijos Dulces de Dios (XII-B)

Así logran una despensa, bien repleta, de exquisitos alimentos, que será almacen de todo un año.

– “¡Aaarrrr tostaaaílloos!” “¡tiernooos y raajaos!” ¡como las mazas los traigo!”.

Era el “tostaero” de garbanzos de Campotéjar que, como cada día de otoño y tras la cosecha de éstos, venía en su bicicleta, con dos pequeños costales en su portaequipos atados. Uno de ellos con unos kilos de calientes garbanzos que él mismo acababa de tostar y otro para echar las ganancias en especie de lo que pregonaba. Higuera… al fondo la fuente Castejana.

¿Y me creerán si les digo que el hacerte con un vaso u otro cualquier cacharro del tamaño que fuera, de tostadillos, no valía nada, no te costaba efectivo?

Pues sí, sólo teniías que acercarte y llevar sólo un recipiente con garbanzos, de los que tuvieras en casa de la reciente cosecha, que el tostadero lo tomaba, vaciaba su contenido en su costal e introduciendolo en el de los tostados te llenaba de igual manera que tú lo habías traído, de tostados, blancos y rajados.

¿Y dónde está la ganancia de este tostadero, que dando voces pregonaba tan apetecible género? Era corto su margen, pero habíalo. El garbanzo para someterlo a su tostado, ha de estar en agua mu-

Ricos garbanzos tostados.

chas horas antes, lo que hacía que su dimensión engordarse, amén de que en la sartén tostadora se echaba yeso del que los maestros albañiles gastan en las obras, para que aquellos se cocieran al calor de dicho polvo, y no se quemaran. ¡Todo un arte!.

Y he ahí la ganancia, que en verdad era humilde y corta, ya que era la diferencia del garbanzo ya pasado por el remojo del agua y la cochura del fuego en yeso, con los garbanzos aportados por aquel que quería probar los ricos tostados del tío de Campotéjar que en su bicicleta y en otoño, desde hacía años ya nos visitaba.

También en Benalúa teníamos maestros artesanos de la labor antes descrita.

La señora Consuelo, la del “Tío Anís”, como cariñosamente la llamábamos, hacía unos garbanzos tostados que, al menos a mí, me parecian más buenos y tiernos que los que vendía el tío de Campotéjar.

Lo que ocurría es que esta señora por tener mucha faena con su numerosa familia, no podía todos los días de la etapa otoñal tostar tan ricos garbanzos, lo que quizá, les daba un mayor y apetecible sabor. La mujer tostadora y maestra de tan rústica faena, el día que tostaba, lo hacía en plena calle, frente a su casa, bajo un “árbol del paraíso” que allí había.

Encender el fuego y acumularse un gran grupo de niños, era todo lo mismo, ya que el trasiego de ello, era distraído y gustamos mucho de ver como los garbanzos sacados del agua hinchados y blandos, se removian sin parar dentro del caliente yeso que mediaba la sartén que hacía de tostadero.

Y se sudaba, bastante, ya que de mover y remover no hay que parar si se quiere sacar un producto, bien tostado, tierno y rajado: las tres características que bien lo distinguen.

En un tiempo prudencial estaban listos. Tiempo que nunca me paré a cronometrar por mi corta edad y porque ello poco me importaba, ya que lo que esperaba es que la señora Consuelo, la del “Tío Anís” sacara sus tostaillos para comenzar el cambio de garbanzos por tostados sin más transacción económica o dineraria.

Ya en su misma puerta cambiaba gran cantidad de tostados, los clientes los tenía esperando desde que comenzó el tueste de sus garbanzos. Los que no cambiaba en la puerta servidos desde la misma sartén y que quemaban los dedos al intentar comer los cambiaban por el pueblo dos de sus hijos que, en una grandísima espuerta nueva de pleita de esparto fabricaba por el “Tío Anís” y forrada de una blanquísima lona.

No tenían ni que pregonarlos, el simple y agradable olor de éstos bastaba para que pronto la espuerta estuviera ocupada por otros garbanzos nuevos a falta de tostar.

Algo que de niño me gustaba mucho hacer con tan ricos tostados era, en un molinillo de cafe, moler los garbanzos tostados, revolverlos con bastante cantidad de azúcar y canela y comerlos con cuchara. Estaban riquísimos… aunque una pega tenían: cuando la cuchara descargabas dentro de tu boca, que nadie te hiciera reír porque ello provocaía un disparo de harina de garbanzos que espolvoreaía todo lo que alcanzara.

La forma de transporte de los tostados de la vecina Consuelo, en gran espuerta de esparto con lona de forro por dentro. Era similar, casi exacto, al usado por “La Pescaera”, que era ayudada por su marido, “Manolillo el de la Pescaera” y que, corriendo calles y plazas de todo el pueblo, ofrecía en un esportón grande, lleno de pescado. Aquí, era ella la del pregón, porque su buen marido Manolillo siempre estaba riendo y ello no le dejaba abrir boca para vociferar.

Una tarde de luz clara hacía. Con suave brisa del río ascendida. Plena de aromas de azucenitas, flor ribereña de nuestro río y de campanillas carrijueleras, blancas y rosas eran y muy agradable su aroma.

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Final de otoño. tiempo de matanza. Aquí en el Cortijo Romeral. Foto cortesía de David “Boliche”

Paseando, a la vez que gozando del ambiente otoñal, me acercaba a la vega para ayudar a mi padre en la faena de riego y, después, traer hortalizas y melones de los que aún había. Ya eran tardíos, pero de superior sabor, y si no lo eran, servirían para comida de los animales domésticos.

Estaba la hortalizas en su mayor apogeo, además de cantidad las había en variedad: tomates benalugeños como panes de grandes, pimientos, berenjenas, calabazas y melones, maíz rosetero y batatas, coles y lechugas, remolachas, pepinos y algunos girasoles.

Había de todo y bien cuidado y labrado. Ir a la vega en otoño era algo que colmaba el deseo de los mejores momentos que se puedan vivir.

Esa mezcla de olores, ese encanto de colores y matices que regalan a nuestra vista escenario sin igual.

El ocre de las alamedas con su amarillento color, es telón de fondo de ese cuadro de sabias pinceladas que marcan en la naturaleza el poder de su Autor.

Los espinos majoletos pintan en rojo su hermosura, los morales del borde de la carretera, negros o blancos, como las moras son; ofrecen al caminante su rico y caldoso fruto.

¿Quién no ha bajado en pleno verano u otoño a beber o llenar una garrafa de fresquísima agua, que a borbotones nacía, junto a la corriente del río, después de por una estrecha vereda llegar junto a ella?. De la “Fuente Pepino” hablo.

No sé qué era más deleite, si beber agua de su poza o disfrutar del lugar, entre álamos y mimbres, sargatillos y berros y de toda las plantas que junto a ella rivalizaban en prestar su belleza a rincón tan bello que invitaba al relax, al descanso y al sueño. Si por soñar entendemos: trasladarnos a lugar tan idílico como en el que nos hallamos.

Dicha fuente se encontraba no muy lejos de lo que conocíamos como “La Revuelta del Menuo” en un terreno de propiedad de la señora Esperanza, hermana de la que hiciera aquellos ricos tostados de garbanzos del pueblo.

Hasta ella, y desde el pueblo, había un bien medido paseo, que invitaba a acercarse con pipos o porrón con garrafa u otras vasijas, que para traer agua de aquella llevaban sirviendo como excusa para tal paseo hacer hasta la fuente “Pepino”.

Corrían los últimos días de septiembre, ya el verano y sus faenas estaba lejos, los barbechos presentan nuevas tierras al sol en aquellos, sus grandes terrones, las rastrojeras acabadas hacían que las manadas de ganado, comenzarán a subir a la sierra que durante todo el verano por los rastrojos de las tierras bajas cambiaban cada temporada.

Los últimos frutos se guardaban para el largo invierno: almendras, uvas e higos que al sol se secaban de los que hacían el pan de higo, con algo de aguardiente y almendras y algunas nueces, manjar muy rico en nutrientes y también en calorías.

Gustaba mucho en estas fechas salir a buscar bayas salvajes, especialmente a los muchachos sabedores de lugares donde hallarlas.: majoletas, endrinas y moras, tanto zarza mora salvaje, como mora de morera. Era famoso el moral del Cortijo de Río que, junto a una noria había (y hay) junto al cortijo. Otros enormes se encontraban en el cortijo Los Castellones.

Y mientras tanto, las tierras en un compás de espera, a los rayos de sol se exponen, oxigenándose y preparándose para recibir nueva simiente y criar nueva sementera, siguiendo las normas, cánones y leyes de la Madre Naturaleza.

¿Qué pasaba esta mañana, en la puerta de la “Posá”? ¿a qué viene tanto mulo, yeguas y potrillos juntos, así como asnos y sus pollinos? ¿es quizá alguna feria de la que conocimiento no tengas? Sólo se trata de un trámite que, anualmente, se hace al ganado caballar del pueblo y cortijos de su demarcación, donde este ganado es

Moral junto al pozo del Cortijo Río. Octubre 2020.

muy numeroso debido a lo necesario que es en la agricultura, por su absoluta colaboración y ayuda a los agricultores.

Podríamos decir que, por el Ministerio de Agricultura, se venía a hacer el “carnet de identidad” a los nuevos animales que, siendo nacidos en ese año, venían a aumentar la cabaña o que, habiendo sido traído de fuera, les era necesario oficializar y controlar por aquello de las estadísticas, organización animal y cobros de contribuciones o arbitrios de los distintos ayuntamientos.

No era DNI lo que al animal hacían, sino “Guía”. En dicho documento constaba la raza, la clase y las medidas del animal, tomadas en sus cuartos delanteros desde los cascos hasta las cruces. Constaba también en dicho papel, el color de pelo y cualquier cicatriz que el animal tuviera, así como la propiedad e identidad de “amo”.

Era obligación de quien el animal llevara por caminos o veredas a sus labores diarias, llevar las Guías de los animales, por si por la Guardia Civil le era requerida, al objeto de ejercer control policial y evitar robos u otros delitos.

Esto presentaba graves molestias y algún problema. La falta del documento podría dar lugar a sanción e incluso a la intervención del animal si a los agentes actuantes, se presentaba la mínima sospecha de que no fuera propietario el que al animal llevaba.

Además había otros inconvenientes de llevar siempre los papeles de los animales. Las rudas tareas agrícolas, los sudores del trabajo y demás hacían que los papeles de los animales se deterioraran de inmediato, dejando de ser actos para lo que se expedían.

Los agentes, solían “pasar la mano”, además de dichas contrariedades, por ser conocidos los jornaleros, este problema era menos.

La mañana de control de la cabaña, era jornada de charla en corrillos de los dueños de animales o de aquellos que, sin tenerlos, se unían a las conversaciones de todos. Observando cómo los veterinarios, delegados del Gobierno, venidos de la Capital, su faena hacían.

Según avanzaba el trabajo de registro y control, los animales se iban retirando, viniendo a menos el grupo, que para la media jornada había terminado.

La explanada de la posada, quedaba tranquila, como siempre. Los tertulianos habían desaparecido, a sus faenas habían marchado. Nuestra villa, nuestro pueblo, sigue su vida, sigue su ritmo, con sus costumbres y quehaceres diarios…. Los pregones de vendedores. Los juegos de los niños, dueños de sus calles. Un peculiar bostezo de los que daba nuestro “Pepico”. Los animales domésticos y ganado que, constantemente, andan en sus vías. Las acémilas de carga, el bullicio de toda urbe, el son de sus campanas y el rumor de sus gentes.

Todo eso, muy importante. No deja de hacer historia, avanzando en los años y consumiendo vidas. Dando ello lugar a las distintas generaciones que poblaron un mismo sitio. En ocasión de ello, se genera una sociedad, que funda un pueblo.

Llegados a éstos, nuestros días, añoramos y queremos, desde puntos muy lejanos, desde otras civilizaciones, muy distantes y remotas. Repartidos por todo el mundo, vamos dejando nuestra impronta de pueblo. En nuestros genes grabado.

¿De dónde ha salido la única y original sociedad que formamos?. Los “Ajumaos”, “Benaluenses” o “Benalugueños”. ¡Qué más da!. Si somos lo mejor de nosotros mismos y resultado de nuestras obras y acciones.

Somos Benalúa de las Villas, Hijos Dulces de Dios.

Plaza de España, centro neurálgico de nuestra villa. Octubre 2020.

Escrito y terminado en mayo de 2.020, año del Coronavirus

Autor: Gregorio Martín García.

ÍNDICE

Capítulo XII B Del otoño dador de frutos, de ariegas, “¡arrr!”, tostaillos

Capítulo XII C Del otoño dador de frutos, de ariegas, “¡arrr!”, tostaillos

Gregorio Martín García

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