IV. CONFUSIÓN INTELECTUAL VS CLARIDAD CONCEPTUAL
Al negar el espíritu a la mujer, Ortega le niega asimismo el logos, la inteligencia, el pensamiento, llegando incluso de esta manera a asociar, con demasiada frecuencia, la mujer a la planta:
“El ser femenino florece sólo en regiones de cálida temperatura. Ahora bien, el espíritu es la región de las nieves perpetuas. En el mundo psíquico son los sentimientos los que arrastran calorías. No tiene sentido hablar de pensamientos ardientes. Un teorema geométrico es siempre cosa sin temperatura. En cambio, con aguda percepción, todos los idiomas vulgares hablan de sentimientos fogosos” (1).
El hombre es espíritu, logos, racionalidad, pensamiento. La mujer es alma, irracionalidad, sentimiento. La actividad productiva que define al espíritu siempre le es negada a la mujer. Su cercanía a la naturaleza le impide dominar sus instintos incapacitándola para la diferenciación intelectual. Por ello, Ortega la recluye en un ámbito lejano al humano. Cuando en 1923 procede a criticar la poesía de Anna Noailles, llega a sostener que su falta de originalidad no es más que una manifestación de la carencia de espíritu de su poesía y delescaso valor del intelecto femenino, al que concibe de una forma puramente botánica, pues su alma es “vegetal”, de modo que, aunque la mujer siente,es incapaz de elaborar estas sensaciones intelectualmente: no podemos atribuirle ni siquiera ideas ni sentimientos, sólo sensaciones “Y, aun éstas, vagas, difusas, atmosféricas” (2).

Frente a esta “confusión intelectual femenina”, sitúa Ortega la “claridad objetiva” del hombre, que sabe siempre lo que quiere y se hace juicios exactos, al menos interiormente, aunque nuestro pensador no excluya que puedan ser erróneos o que no se correspondan con la realidad: “Tal vez lo que piensa es pura tontería, pero él, dentro de sí, se ve claro” (3) sobre sí y sobre el mundo, lo cual se expresaría en un cuerpo-alma con “líneas rigorosas y precisas, lo que hace de él un ser lleno de rígidas aristas” (4). La confusión femenina se manifiesta, sobre todo, según Ortega, en ese deseo difuso de la mujer de ser una cosa y su contraria, de no decidirse nunca definitivamente y con todas las consecuencias por algo, de divagar y no ser clara en su expresión:
“La mujer, […], en cambio, vive en perpetuo crepúsculo; no sabe bien si quiere o no quiere, si hará, si hará o no hará, si se arrepiente o no se arrepiente. Dentro de la mujer no hay mediodía ni medianoche: es crepuscular. Por eso es constitutivamente secreta. No porque no declare lo que siente y le pasa, sino porque normalmente no podría decir lo que siente y le pasa. Es para ella también un secreto” (5).
Justamente este rasgo, según Ortega, siguiendo la teoría freudiana según la cual los procesos mentales y anímicos se expresan en la corporeidad, se manifestaría en su cuerpo por la existencia de formas redondeadas:
“Esto proporciona a la mujer la suavidad de formas que posee su “alma” y que es para nosotros lo típicamente femenino. Frente a las aristas del varón, la intimidad de la mujer parece poseer sólo delicadas curvas. […] A ello corresponde que en el cuerpo de la mujer la carne tienda siempre a finísimas curvaturas, que es lo que los italianos llaman morbideza”(6).

Todo ello lleva a Ortega a afirmar en su ensayo de 1924 “Vitalidad, alma, espíritu”, como ya vimos, que si comparamos a la mujer con el hombre nos convenceremos de que en la mujer predomina el alma, “tras la cual va el cuerpo”, pero muy raramente interviene el espíritu, potencia del intelecto y de la voluntad, para concluir en la afirmación de la volubilidad e irracionalidad de la mujer:
“Al ser caprichosa, la mujer cumple su destino y se mantiene fiel a su estructura íntima. […]. El espíritu propende al sí o al no rotundos, que mutuamente se excluyen. La mujer suele vivir en un perpetuo y deleitable sí-no, ¿en un balanceo y columpiamiento que da ese maravilloso sabor irracional, ese sugestivo problematismo a la conducta femenina” (7).
En su Paisaje con una corza alfondo confirmará todo anterior al asegurar que el varón, cuanto más lo sea, más lleno está, hasta los bordes, de racionalidad y todo lo que hace y obtiene lo hace y obtiene por razones, principalmente, utilitarias:
“El amor de una mujer, esa divina entrega de su persona ultraíntima que ejecuta la mujer apasionada, es tal vez la única cosa que no se logra por razones. El centro del alma femenina, por muy inteligente que sea la mujer, está ocupado por un poder irracional. Si el varón es la persona racional, es la fémina la persona irracional. ¡Y ésta es la delicia suprema que en ella encontramos!” (8).
Para Ortega “la mujer ofrece al hombre la mágica ocasión de tratar a otro ser sin razones, de influir en él, de dominarle, de entregarse a él, sin que ninguna razón intervenga” y lo que desde el punto de vista varonil llamamos absurdo y caprichoso de la mujer es lo que precisamente nos atrae:
“La idea pues, de que un hombre valioso tiene que enamorarse de una mujer valiosa, en sentido racional, es pura geometría. El hombre inteligente siente un poco de repugnancia por la mujer talentuda, como no sea que en ella se compense el exceso de razón con un exceso de sinrazón. La mujer demasiado racional le huele a hombre y, en vez de amor, siente hacia ella amistad y admiración” (9).

En todas estas caracterizaciones orteguianas de la mujer analizadas -negación del espíritu, insuficiente intelecto, carencia de interioridad y vinculación a lo vegetal- constatamos si no la influencia directa, sí al menos la huella de Weininger. En efecto, el pensador austriaco, además de todos esos rasgos antes señalados, sostenía también su insuficiencia y confusión intelectuales. El pensamiento en hénide, característico de las mujeres, les impedía llevar a cabo actividades donde fuera necesaria una vigorosa capacidad formadora (como ocurre, por ejemplo, con las propias/específicas de la música, la arquitectura, la plástica o la filosofía) en las que “las mujeres no presentan la menor aptitud” y además determinaba su carencia de memoria continua, de memoria universal. Su vida psíquica se caracteriza, pues, por la “discontinuidad” de la memoria, sin ligazón, lo cual limita la memoria femenina estrictamente a los problemas de la sexualidad y de la vida de la especie; al sentimiento y a la emoción: “Por carecer de esa necesaria memoria continua –que es expresión psicológica del principio lógico de identidad– está incapacitada para las cuestioneslógicas, ya que le falta un centro de apercepción que constituya el núcleo de todo su pasado”, concluía Weininger (10).
Frente a todas estas ocurrencias sin fundamento científico alguno, vertidas en los aludidos textos de Ortega y Weininger, y en contra de su común posición que sustenta y postula, sin ningún tipo de prueba o demostración plausible, la claridad del varón frente a la confusión de la mujer”, habría más bien que afirmar que tales características intelectivas no son atributos ligados al sexo o a la naturaleza masculina o femenina, sino dependientes de los niveles de educación de cada uno de los sexos y vinculadas a las circunstancias histórico-biográficas de cada persona.
BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS
1. J. Ortega y Gasset, “Vitalidad, alma, espíritu”, en OC II, p. 96.
2. J. Ortega y Gasset, “La poesía de Ana de Noailles”, en Estudios sobre el amor, Alianza Editorial, Madrid, 1980, p. 115.
3. J. Ortega y Gasset, “Más sobre los otros y yo. Breve excursión hacia Ella”, en El hombre y la gente VI, en: OC X, p. 225.
4. J. Ortega y Gasset, “Más sobre los otros y yo. Breve excursión hacia Ella”, en El hombre y la gente VI, en OC. X, p. 225.
5. Idem.
6. Idem.
7. J. Ortega y Gasset, “Vitalidad, alma, espíritu”, en OC II, p. 586.
8. J. Ortega y Gasset, “Paisaje con una corza al fondo”, en Teoría de Andalucía y otros ensayos, en OC VI, p.203 y ss.
9. Ibid. Ortega continúa el fragmento con la siguiente cita de Nietzsche, tal vez su inspirador: “¡Qué delicia encontrar criaturas que tienen la cabeza llena siempre de danza y caprichos y trapos! Son el encanto de todas las almas varoniles demasiado tensas y demasiado profundas, cuya vida va cargada de enormes responsabilidades”.
10. Weininger en SYC, escribe: “No existe para ella ni el principio de contradicción, ni el de exclusi tertii, ni tampoco existe para ella el principio de razón suficiente o causalidad. Por eso es crédula porque jamás llega a comprender que es necesario fundamentar todos los conceptos, y como no posee continuidad no siente necesidad alguna de fundar lógicamente su pensamiento”.
ÍNDICE: ORTEGA Y GASSET, LA SEXUALIDAD, EL AMOR Y LAS MUJERES
I. INTRODUCCIÓN
II. LA DIFERENCIA BIOLÓGICO-SEXUAL
III. TIPOLOGIA DIFERENCIAL DE LOS SEXOS: ESPÍRITU VS ALMA
IV. CONFUSIÓN INTELECTUAL VS CLARIDAD CONCEPTUAL
V. MUJER-NATURALEZA Y HOMBRE-CIVILIZACIÓN
VI. HOMBRE-INDIVIDUO VS. MUJER-GÉNERO
VII. CONTRASTE ENTRE EL SER FEMENINO Y EL HACER MASCULINO
VIII. MUJER-PRIVACIDAD Y HOMBRE-CIUDADANÍA
IX. DE LA INFLUENCIA DE LA MUJER EN LA HISTORIA
X. MODO DE INFLUIR LA MUJER EN LA HISTORIA
XI. El CONTEXTO: LA MUJER EN LA ESPAÑA DE LA RESTAURACIÓN
XII. EL ROL DE LA MUJER EN LA SOCIEDAD CONTEMPORÁNEA





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